Yo tránsfuga


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En la legislatura que recién finalizó, el í­ndice de migración de una bancada a otra alcanzó el 71% es decir que aproximadamente dos tercios de los 158 diputados se habí­an cambiado al menos una vez de bloque parlamentario. En la legislatura actual el impulso de varios diputados por cambiarse de grupo partidario no esperó ni siquiera el inicio oficial del nuevo periodo, el ejemplo lo dio el expresidente de ese órgano, Roberto Alejos. Como se ve, el panorama de este tipo de comportamiento parece que acrecentará sus í­ndices en los próximos años.

Julio Donis

 


El cambio de camiseta partidaria es moneda corriente y eso no solo sucede en el ámbito legislativo, en las corporaciones municipales la migración va desde el Alcalde hasta sí­ndicos y concejales, pero la prensa le da menor seguimiento, sin embargo hay una posible relación entre ese fenómeno y la conflictividad registrada en las elecciones municipales, especialmente por el descontento local ante reiteradas reelecciones de determinados candidatos. Hoy mismo hay alcaldes que no pueden tomar posesión por el descontento de su población. He aquí­ una de las claves para comprender el fenómeno del transfuguismo, como sí­ntoma y no como causa, la dimensión individual de los derechos que prevalece sobre la colectividad. Migrar, fugarse, salirse, escapar, remite a una realidad que indica un pobre arraigo, una débil y casi nula lealtad hacia tal o cual proyecto o institución, es un indicativo por tanto de una frágil identidad. Nos vamos porque nada nos detiene, ni el autocuestionamiento ético, ni mucho menos un sistema de incentivos y coercitivos institucionales que garanticen la permanencia, porque no existe; escapamos porque no hay un sólido compromiso con causas que remonten el tiempo y la adversidad. En tanto que Guatemala tiene más bien un pre Estado, en esa medida el desarrollo del andamiaje de instituciones  también presenta la misma caracterí­stica de previa. El debate por lo tanto no debe reducirse al hecho de si un diputado se cambia tres o cuatro veces de un partido en una misma legislatura, o que el alcalde haya sido reelecto cinco periodos con igual cantidad de plataformas partidarias, de hecho en las condiciones actuales de la polí­tica guatemalteca, hay quien lo puede justificar ese comportamiento incluso como una medida natural, ante un escenario interno de los partidos que impedirí­a el recambio o renovación del liderazgo, afincado en cacicazgos o figuras personales que remontan a la misma institución. La garantí­a de la permanencia de una institución, se basa en reglas claras y sólidas, pero sobre todo por la voluntad y compromiso de sus miembros. El andamiaje democrático institucional de este paí­s tiene una contradicción de origen que es la misma de la democracia, se enarbola las bondades de un sistema para todos y por todos pero fundada en el derecho del individuo y no de la colectividad, en otras palabras y por ejemplo, la Constitución de 1985 pregona que todos somos iguales, pero garantizando que hay unos que son más iguales que otros.  He ahí­ que el dilema del transfuguismo parlamentario, encuentra su propia trampa en la misma carta magna, que asegura la representación de la curul en la persona  individual (Art. 135 y 161). Es un debate estéril pues, tratar de que los diputados o los alcaldes permanezcan en sus organizaciones postulantes si no hemos construido un Estado y una institucionalidad que favorezca los derechos colectivos y permita entre otros, un mecanismo de rendición de cuentas. La condena pública al transfuguismo debe superar la condena moral porque nuestros valores son así­, tránsfugas. Solo cuando las contradicciones fundamentales nos conduzcan a reconstituir un Estado y una sociedad diferente, podremos aspirar a quedarnos y a no fugarnos. Pregúntese usted cuantas veces y por qué se fugó de un proyecto, de un partido, de determinada organización, de una institución, por qué no se quedó a pesar de la adversidad.