Yo no quiero golosinas, Tampoco quiero carritos, ni juguetes, ni salir a retozar, menos fantasear con Disney World ni siquiera Xetulul. Yo sólo quiero un padrino. ¿Un padrino? Sí, déjenme explicar: es que sólo tengo nueve años y no entiendo mucho este idioma como tampoco entiendo por qué me duele la pancita y por qué mis papás me tienen que traer a este centro para un largo tratamiento. Es que mis papás son pobres, apenas campesinos. Por eso tomamos el bus desde mi pueblo, muy lejos, y mis tres hermanitos, dos más pequeños que yo, en ocasiones se quedan en casa, a veces solos. Tampoco entiendo por qué, siendo apenas un niño, ya estoy pelón como un viejo y es por eso que uso una gorrita de lana que tejió mi abuelita. Pero no me quejo tanto, pues a algunos de mis nuevos amigos les han cortado las manos, los brazos o los pies y a otros los mandan a algo que le dicen «paliativo», extraño lugar del que ya no regresan. No lo comprendo, cuando miro en la televisión a tantos patojos jugando o yendo a la escuela. Cuando veo que los demás niños entran y salen de los colegios o juegan una chamusca; yo también quiero estudiar, algún día, y meter goles, pero por el momento me conformo con un padrino o madrina. Igual que yo, todos mis compañeritos cuando conocemos a alguien le preguntamos: ¿quiere usted ser mi padrino? ¡Por favoooor sí! -suplicamos-. Y padrino ¿para qué? Pues para que me visiten y se acuerden de mi cumpleaños pero, sobre todo -y aunque suene material pero para mí es una cruda realidad- para que nos ayude a comprar medicinas que me curen y quiten este dolor que a veces no me deja; dicen los doctores que se pueden curar dos de cada tres pacientitos si se les trata a tiempo, y se les va quitando el dolor ¡ese dolor lacerante! Las medicinas son caras y a pesar del esfuerzo de esta institución el dinero no alcanza; menos pueden mis papás. Por eso quiero un padrino. NOTA: La UNOP (Unidad Nacional de Oncología Pediátrica) es una isla escondida en medio de este océano turbulento llamado ciudad de Guatemala, ubicada en medio de otras islas del mismo archipiélago; parece un lugar invisible o inexistente, casi no se nota, no se deja ver, pero en su pequeña extensión se desarrollan grandes tragedias y luchas humanas, sus sufrimientos y noblezas cotidianas; donde se explaya el dolor, pero también se despliegan ejemplos de inconmensurable valor humano, de entrega, de sacrificio, de verdadero amor cotidiano (y no sólo de domingo); donde los esfuerzos son encomiables, pero siempre mayores las necesidades. Como bien lo relata arriba el niño, el 70% de los niños cuyo cáncer es detectado a tiempo logra remitirse aunque después de un duro y oneroso tratamiento que toma en promedio dos años (aunque lamentablemente a veces hay recaídas); y en todo el proceso acompaña como sombra negra el dolor que llega al umbral de resistencia que deben soportar esos pequeños cuerpos cuyas mentes no pueden entender. Los directivos y empleados hacen su máximo esfuerzo, los padres buscan aportes y los niños-pacientes con una madurez sorprendente, forjados involuntariamente en duro crisol antes de tiempo, son conscientes de que toda esa ayuda es para ellos, por eso no es raro verlos procurando por sí mismos quién les extiende la mano. Por eso no extraña llegar a esa isla y ver que se acerca una de esas caritas pálidas, inocentes, sufridas y esperanzadas, con un formulario en la mano y una súplica en la profunda mirada: ¿quiere ser mi padrino? ¿Quiere ser mi madrina?