El gobierno del general Romeo Lucas García y él en lo particular no fueron, ni son, un gobierno de mi simpatía. En enero de 1978, siendo presidente de CACIF, se solicitó una audiencia al presidente Lucas para plantearle y solicitarle que no se le aplicara una improcedente doble imposición a los diferentes miembros de la Cámara de Comercio que vendían línea blanca y electrodomésticos a plazos, en especial al almacén El Tirador de los Gabriel.
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A la audiencia asistimos Alberto Habie, presidente de la Cámara de Industria (a quien tiempo después le entregara la presidencia de CACIF y fuera asesinado); Rodolfo Neutze Aycinena, presidente de la Cámara de Comercio (ex directivo del Banco Metropolitano y hoy presidente de la junta directiva de Puerto Quetzal); Raúl García Granados (asesor y primo del Presidente), Oscar Gabriel (el principal afectado) y el suscrito Presidente de CACIF.
En la audiencia, por jerarquía, fui quien inició la exposición. Recién iniciada la misma, observé que al general Lucas le temblaba el bigote (síntoma que después aprendimos a reconocer como muestra de su enojo), a los pocos segundos, de forma descontrolada, gritó que no quería escuchar nada de lo que estaba exponiendo, pues tenía informes negativos que me relacionaban con la organización de los microbuseros en contra del gobierno. Por unos segundos continúe mi exposición pensando que no se dirigía a mí, ya que si bien mi familia y yo éramos empresarios del transporte, no teníamos ninguna relación con el transporte de personas urbano o extraurbano.
De nuevo el general Lucas gritó, ante lo cual le manifesté que iba a dejar de hacer uso de la palabra, pero que le requería respeto al presidente de CACIF, de la misma manera que nosotros lo respetábamos como Presidente de la República, además le requería que posteriormente me explicara el tema de su enojo (yo no sabía, como después lo supe gracias a Raúl García Granados, que los hermanos Rodolfo y Enrique Neutze Aycinena -que se habían congraciado en la campaña dándole previamente las preguntas de los foros empresariales al general Lucas y que posteriormente serían sus colaboradores en diferentes negocios- lo habían malinformado y predispuesto en mi contra).
Relato estos aspectos como preámbulo, considerando que los hechos demuestran mi no simpatía por el Presidente Lucas García, ni por su gobierno en el que se cometieron tantas cosas inadecuadas.
Hechas estas aclaraciones, paso a referirme a lo que fui testigo el día 31 de enero de 1981, en las oficinas de la Embajada de España en Guatemala. A menos de 50 metros se encontraba la sede de la Asociación de Amigos del País; la junta directiva, de la que yo era parte, se encontraba reunida cuando uno de los funcionarios llegó alarmado diciendo que en la esquina, en la sede de las oficinas de la Embajada de España, estaban sucediendo hechos raros y que la policía estaba arribando.
Como chapines curiosos y poco previsores, sin meditarlo, los directivos interrumpimos la sesión y nos fuimos a la esquina a ver qué pasaba. Efectivamente la policía había arribado e ingresado a la casa y al jardín exterior de esa sede diplomática.
Eran simples policías, dirigidos por policías uniformados, sin armamento especial y con las típicas características de los policías comunes, con bastón, pistola, gorgorito y correajes de cuero.
Como curioso y con un poco más de agresividad que mis compañeros de directiva, entré al jardín del inmueble sin que nadie me lo impidiera, luego espié en la puerta de entrada a la primera oficina, de donde salieron policías con varias mochilas en la mano; en el jardín y estando yo a su lado, las abrieron, sacaron botellas que por el olor me di cuenta que contenían gasolina y mechas, también sacaron un rollo de papeles celeste, típicos de los que se usaban para hacer copias en los tribunales.
Continuará.