Hay expectación de los guatemaltecos respecto de lo que se viene con la gente de la UNE que está por treparse a lo alto por los peldaños de la escalerona del palacio verde.
Y es que bullen en el ambiente nacional los comentarios buenos y no muy buenos a propósito del relevo que se producirá en los diversos niveles de la frondosa burocracia el 14 de este enero que va transcurriendo, como bostezando al despertar tras las tradicionales como estruendosas fiestas de las postrimerías del año anterior, que, por cierto, ha dejado saldos más desfavorables que favorables a nuestra patria y a otros patios cercanos y lejanos del mundo.
No debemos juzgar a priori las actuaciones que puedan tener los señores «unistas» que capitanea don ílvaro Colom, porque aparte son las actuaciones burocráticas y muy aparte lo que se dijo a lo largo de la alegre campaña político-electoral en relación con las gracias y las desgracias de algunos de los allegados al próximo conductor de la nave y también de él.
Es a posteriori que los gobernados debemos hacer el balance de saldos para determinar lo positivo y lo negativo del quehacer de quienes estarán disfrutando del poder público. Eso es lo justo y procedente.
En el equipo que tuvo Colom durante la pelea político-electoral, indudablemente hubo buenos y malos elementos; de nada recomendables antecedentes estos últimos, quienes, dicho sea como entre paréntesis, por ser de pasta humana son susceptibles de rectificar los errores voluntarios e «involuntarios» que hayan cometido en pasadas glorias. Y es que los errores son nuestros mejores profesores.
Es oportuno recomendar al nuevo mandamás, que tendremos dentro de pocos días, que sacuda desde los inicios de su gestión administrativa, sin vacilaciones ni mayores ceremonias, el árbol como de época otoñal para que caiga la fruta podrida que puede estar generalizándose en los diferentes engranajes del inflado aparato burocrático.
Las sospechas del aguantador pero nada tontaina Juan Pueblo es que están prendidos en el panal de rica miel muchos corruptos impenitentes, tan frescos como la lechuga, que hacen de las suyas con derroche de impunidad y, posiblemente, en complicidad con sus compinches de la parranda larga…
También hay que hacer ese sacudón al zapotal para salir de la fruta que se ha pasado de madura y que, así, se ha convertido en producto digno de ser echado en el cajón de la basura. Por supuesto, no por eso deben cometerse arbitrariedades e injusticias.
En realidad, hay mucha tela qué cortar en los dominios que, con resignación y melancolía, está por dejar don í“scar Berger en las inquietas manos de don ílvaro Colom (lo de manos inquietas es por la gesticulación del personaje al discursear, conste).
Lo que más está exigiendo todo un pueblo es poner inmediatamente en orden la casa, porque hay desorden, rayano ya en anarquía, pues la situación de criminalidad y delincuencia en todas sus nefandas manifestaciones ha provocado y sigue provocando verdaderos oleajes de sangre, de muerte y, además, asaltos, secuestros, extorsiones, ultrajes a la mujer, envenenamiento de adolescentes y jóvenes con las drogas, robos de niños y de vehículos, entre tantas y tantas fechorías más ¡Es, ni más ni menos, una macabra danza de inseguridad en toda la geografía nacional!
Los guatemaltecos estaremos pendientes de lo que se haga o deje de hacer, aceptable e inaceptable o reprobable, en el nuevo orden de cosas del partido político que enarbola banderas de la socialdemocracia que, dicho sea de paso, no muy, muy infunde confianza o convence, quizá por no conocerse en todo su contexto en el seno de un sector mayoritario del pueblo guatemalteco que ha sido defraudado mil y tantas veces en sus aspiraciones y legítimos derechos por los campeones de la politiquería partidista.