Nuestra urbe capitalina está como a reventar y pareciera que corre pareja con la ciudad de Montevideo, Uruguay, en cuanto a superpoblación. Esta capital se encuentra supercongestionada por la constante emigración de personas de los departamentos de la República, principalmente. Pero Uruguay, donde hicimos observaciones de carácter periodístico hace algunos años, no tiene tanta escasez de servicios de agua potable, de vivienda, de transportes, de electricidad, de educación, etcétera. En cambio aquí, en este valle de lágrimas, los mencionados servicios ya mero están a punto de colapsar.
Incuestionablemente, hay necesidad de descongestionar nuestra metrópoli, otrora llamada «tacita de plata», lo cual no es posible, al menos por ahora. Se piensa que la Constitución política de la República no permite disponer ese descongestionamiento. Además, vivimos en «democracia», no en una dictadura a lo bandido como en la Cuba castrista, donde Fidel Castro o su hermano Raúl puede ordenar, de un plumazo, mandar a desplazar grupos y más grupos de población para situarlos en cualesquier lugares de la caribeña isla cautiva -como la califican significados opositores-, incluso para cortar caña o para realizar otros trabajos forzados.
En nuestra Guatemala, empero, el gobierno tropieza con toda una serie de obstáculos que le impiden tomar decisiones de interés general, gracias a la alcahuetería de nuestra jacarandosa «democraciaaa»… No cabe duda que estamos condenados a vivir o a mediovivir afectados por grandes problemas que parecen irresolubles bajo regímenes de insignificantes realizaciones y de estrecha visión de futuro. Casi toda la gente que de las provincias se ha venido y sigue viniendo, complicando la situación capitalina, sufre las consecuencias de la macrocefalia que se ha producido por diferentes motivos.
En primer lugar, eso ocurre por la politiquería. Los líderes de esa nociva politiquería han motivado interés entre los campesinos, entre los indígenas y ladinos muy ladinos, en cuanto a trasladarse a esta urbe para sus propósitos, pero les dicen que también para «mejorar» sus condiciones de vida mediante el trabajo en las «maquilas» y en otros campos de actividad…
Sabido es que las maquilas, que son explotadas en su mayoría por coreanos que atropellan los derechos de los trabajadores y trabajadoras, pagan salarios no acordes con lo que impone la vida actual, que por cierto se ha puesto demasiado cara.
Hace poco nos contaban unos esposos indígenas, de Quiché, que en una maquila les pagaban Ql,200 (al esposo) y Q900 (a la esposa), pero que afrontaban problemas porque tenían que pagar por concepto de alquiler de un semidestartalado cuarto de palomar (casi convertido en tugurio) Q400, y sus gastos de alimentación eran punto menos que insoportables, amén de todo lo que tienen que comprar para vivir modestamente.
Nos refirieron los dos humildes trabajadores quichelenses que por lo exiguo de los salarios en las maquiladoras muchos se ven obligados a apretujarse como sardinas en cualquier cuartucho hasta seis, ocho o más personas, hombres, mujeres y niños. ¡Una verdadera promiscuidad! En vez de estar aprovechándose de los dineros del pueblo, los famosos «padres de la patria», con su sarta de asesores, deberían estudiar a fondo, muy a fondo, el fenómeno poblacional de la ciudad capital y de algunas cabeceras departamentales saturadas de humanos, para ver qué salida puede darse a corto o mediano plazo a la tremenda y asaz preocupante problemática.
Una Asamblea Nacional Constituyente podría reformar, de acuerdo con las actuales circunstancias, determinados preceptos de la Carta Magna en vigor, que no deja de estar siendo ya, parcialmente, un tanto obsoleta?