Casos como el del Viceministro financiero de Comunicaciones provocan absoluta indignación porque son una muestra clara del saqueo a que se está sometiendo al país y la desvergí¼enza que comparten empresarios y políticos para beneficiarse de la tolerancia vergonzante de un pueblo nagí¼ilón que si acaso refunfuña, pero que no es capaz de actuar para demandar que cese el latrocinio y para mandar a la punta de un cuerno a tanto ladrón de cuello blanco que goza del régimen de impunidad.
Y ciertamente empresarios y políticos tienen enorme y grave responsabilidad, pero al fin y al cabo tenemos que admitir que llegan hasta donde los ciudadanos los dejamos y eso es mucho, porque aquí nadie ejerce ciudadanía, nadie reclama ni se compromete para construir un país decente en el que los recursos públicos estén al servicio de la población en vez de servir, a lo largo de todos los gobiernos, para enriquecer a los funcionarios que hacen pacto con las empresas de contratistas que están en la decisión de mantener el juego indecente de la mordida y que, además de ello, llegan al extremo de colocar en los puestos de decisión a sus testaferros.
Como bien decía algún comentario ayer en nuestra edición electrónica, no tarda en aparecer un instrumento público en el que algún notario dé fe de que desde hace años el viceministro no tiene «nada que ver» con sus empleadores y que por lo tanto está legalmente facultado para desempeñar el cargo. Y el caso seguramente quedará enterrado como tantos de los que han salido a luz sin que nadie rinda cuentas.
Porque resulta que no hay semana sin un escándalo, sin un caso en el que está a la vista cuánto nos están saqueando, pero tras unos días todo termina totalmente olvidado porque así somos los chapines y los cuerudos políticos y empresarios deshonestos, saben a la perfección que la gente aguanta con todo y que se termina olvidando de los escándalos. Nos tienen tomada la medida porque hemos demostrado nuestra falta de entereza como ciudadanos para reclamar, para exigir.
En otros países la gente saldría a la calle para demandar la destitución del sinvergí¼enza hasta lograr que lo metan preso. Aquí nadie mueve un dedo, nadie hace nada porque damos por aceptable que en el Gobierno todos roban. Si acaso, como dicen algunos de los elitistas del país, se indignan cuando la plebe, los shumos, son los que roban, pero el trinquete en sí es consagrado con el mayor de los respetos por una población que ha perdido el sentido de la decencia.