A lo largo de las dos últimas semanas, las noticias internacionales reportan una escalada de tensión sin precedentes en Oriente Medio. La situación de virtual guerra civil que enfrenta a los partidarios y detractores de Bashar al Asad vivió su punto máximo cuando el régimen fue acusado del uso de armas químicas en contra de la población civil.
De conformidad con noticias de prensa, Washington y París tienen pruebas de la supuesta muerte de alrededor de 1,400 personas a manos de las fuerzas gubernamentales, las cuales al parecer el pasado 21 de agosto utilizaron armas químicas en su contra. La situación, de una enorme complejidad, se encuentra condicionada también por el hecho de que Rusia que posee en Siria cuando menos una base militar y China, ambos miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y con poder de veto en el mismo, se oponen a una represalia militar en contra del régimen sirio y piden pruebas contundentes de la utilización de las armas químicas. Dentro de todo este escenario, por supuesto en la mente de muchos se encuentra el recuerdo de las acusaciones que realizó Estados Unidos en contra de Irak en 2002, cuando acusó al régimen iraquí de concentrar enormes cantidades de armas químicas y nucleares, cuyos arsenales finalmente y luego de la invasión nunca fueron encontrados, lo cual debilitó enormemente la credibilidad de Washington.
Por supuesto, nadie en su sano juicio puede desear la guerra, las consecuencias a nivel de vidas humanas, conflictividad, riesgo social y económico no pueden pasar desapercibidas y el conflicto armado es sin duda el peor de los escenarios para el mundo.
Sin embargo, si por un momento nos abstraemos de ese escenario mundial, hacemos un zoom y pensamos únicamente en Siria, resulta que nos encontramos ante una realidad efectivamente comprobada de dos años de guerra civil, cientos de miles de muertos y desplazados, reseñas de bombardeos y ataques a la población civil e indefensa y un camino, ya elegido, de violencia que difícilmente encuentre un alto entre dos facciones que únicamente justifican su existencia en la eliminación del otro. En esa realidad, allí, en medio de ese horror, malviven cerca de 20 millones de sirios y si nos ponemos en su lugar, cuando menos por una fracción de segundo podríamos quizás ver otras cosas que nos hagan pensar en la necesidad o no de una intervención militar extranjera que de alguna manera detenga la matanza en que se ha convertido su día a día.
Existen las Naciones Unidas y los procedimientos aceptados por la comunidad de países para que se pueda proceder en contra de uno de sus miembros. Siempre habrá discusión sobre por qué un Estado tiene derecho o no a intervenir en otro Estado. Siempre existirá el buen consejo de buscar una salida política a la situación. La línea roja según Obama en este caso, es el uso de armas químicas, probarlo, para el mundo, es absolutamente necesario, salvo por supuesto que Yo sea un sirio y sobre mí este lloviendo gas mostaza.