Aún estamos vivos y ayer fue la celebración del Oxlajuj B’aktún o Trece B’aktún. Ayer, 21 de diciembre, se cumplieron 5,200 años de la era del maíz, según el Popol Wuj. Este evento en el calendario maya es muy importante para la regeneración natural de la madre tierra y también para nuestras civilizaciones, de acuerdo a lo que dicen los entendidos.
Muchas cosas se dijeron que iban a ocurrir el 21 de diciembre de 2012 de nuestro gregoriano calendario, relacionándolo con el Oxlajuj B’aktún. Muchos, incluso, dijeron que sería el fin del mundo y mencionaron a Nostradamus y a otros agoreros apocalípticos.
Como la llegada del año 2000 no trajo el Fin de las cosas, como innumerables agoreros lo anunciaron durante décadas como algo seguro, apoyándose en algunas profecías bíblicas muy mal digeridas y peor entendidas, se produjo la indagadora necesidad de encontrar una nueva fecha para terminar de una vez por todas con nuestro mundo, pero ahora buscando justificaciones, casi siempre fuera del ámbito bíblico.
Es así que en la última década se recurrió, sobre todo, al Calendario Maya que, según los expertos, terminaría sus cuentas el 21 de diciembre de 2012; fue convertido en el nuevo depósito de la fe. De sus símbolos pétreos y glíficos se obtuvo la convicción de que el fin del mundo se produciría en la fecha señalada, o por lo menos, si todo no terminaba en una espantosa hecatombe, a partir del 21 de diciembre la humanidad iniciaría una era de verdadera y definitiva renovación espiritual.
Como muchos sabíamos que el mito de las profecías mayas no era más que eso, un mito, y simplemente era el final del treceavo B’aktún, una medida de tiempo, muchos agoreros de renombre se han complacido en adelantar aún más el fatídico final del mundo. Entre los anuncios de estos agoreros, el más preocupante para algunos es el del parasicólogo colombiano Edwin Robles, que afirma que el 20 de mayo de 2012 habrá un megaterremoto de carácter mundial, que, por añadidura, tendrá su epicentro en el centro sur de Chile, tal como sucedió el 27 de Febrero de 2010. Como sabemos, anunciar un terremoto en Chile es como predecir que nevará en Nueva York en diciembre; pero hablar de un cataclismo de tal magnitud es de una irresponsabilidad “de pronóstico reservado”, como decía el bien recordado Abdón Rodríguez Zea.
Estamos, pues, sabidos que la humanidad ha venido “prediciendo” un rimero de predicciones que se han convertido en palabrería vana. La prensa mundial compra esa basura y la gente se asusta cuando lee o ve en la televisión este tipo de “noticias”. Es más que sabido que no existe persona alguna que haya podido ver dentro del o hacia el futuro y saber qué ocurrirá en él. Eso, hasta donde sabemos, es imposible.
Jesús, el Hijo de Dios, manifestó que había cosas que Él no sabía sobre lo que ocurriría en el futuro. La versión bíblica Reina Valera nos dice en Mateo 24:3 “Y estando Él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?”
Dentro de otras explicaciones que dio a sus expectantes discípulos, dijo en Mateo 24:36 “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre.” Jesús es obediente a los dictados y sabiduría de su padre. Respeta su calidad de hijo de Dios y, como Él mismo sentenció, únicamente Yahvé o Jehová, Su Padre, tiene la potestad de conocer el futuro y pronosticarlo.