Ya tenemos al «hombre» a punto de arrepanchingarse con pesado ajobo en el regio y codiciado sillón del palacio verde.
El 14 de enero del año venidero lo tendremos sonriente, ceñudo o simplemente haciendo gala de triunfalismo con altivez, pero vacilante y meditabundo respecto de lo que tiene qué hacer en el marco de los deberes y obligaciones de Estado, así como tratando de demostrar que los ofrecimientos de campaña político-electoral no fueron meras ventradas de demagogia barata, sino sinceros propósitos de resolver las cosas a la mejor conveniencia de todos los guatemaltecos sin distingo alguno…
No es fácil, sino difícil, muy difícil, sobre todo en las actuales circunstancias nacionales e internacionales, realizar con éxito la jornada del nuevo timonel del inflado aparato burocrático. Es mucho y por demás costoso lo que debe afrontarse con absoluta decisión para procurar, siquiera para procurar, recalcamos, dar algunas soluciones a la gran problemática de la nación, especialmente con el fin de atenuar esas grandes pesadillas de la enorme masa popular desastrada que sólo ha tenido que paladear los acíbares de la pobreza y la indigencia, no así los almíbares de la decantada democracia…
Diremos que no es lo mismo estar abajo que arriba del gallinero oficial en este varias veces mutilado patio centroamericano. Hay ingentes problemas y necesidades que con urgencia y verdadera determinación deberían o deben, mejor dicho, ser atendidos para honrar al sistema democrático que brinda preciados atributos: Derechos humanos bien entendidos y aplicados, o sean los de libertad, bienestar y justicia social, entre otros que son esenciales.
Es indiscutible que, lamentablemente, el conglomerado ciudadano -por no decir todo el pueblo- se ha fracturado y, por esa razón, tenemos divisionismo de polo a polo explicable por las ambiciones personales y sectarias atribuibles a la inedificante politiquería partidista que virtualmente se ha generalizado aquí, en este suelo nuestro, por lo que consideramos que ha llegado la hora de deponer beligerancia, de comprender las realidades coyunturales, de entregarse -cada cual es su campo- al trabajo constructivo y, poco a poco, a esfuerzos de reconciliación nacional. Eso es lo deseable y lo que ocurre en otros países donde quedan de lado las desavenencias con su cauda de resquemores después de los jaleos comiciales.
Uno de los motivos por los cuales grandes grupos ciudadanos y de l apoblación en general están descontentos son los abusos, las jugarretas y los manoseos o saqueos de las arcas nacionales y municipales a los que han de haber recurrido, a más no poder, los corruptos que, al menos hoy por hoy, disponen a su antojo de los dineros del pueblo para la antidemocrática reelección de sus compinches, o sea toda una cáfila de diputados, alcaldes y concejales, a pesar de los manejos turbios para el enriquecimiento ilícito de la noche a la mañana y, en sístesis, de las malas actuaciones en general.
Observadores extranjeros y gente pensante, acuciosa, de nuestro solar, pronostican violencia en la época post-electoral y, aun, en el nuevo festín de la cosa pública que principiará «el 14 a las 14 (de enero), como diría un iluso candidato presidencial que saboreó el polvo de la derrota en un evento electorero de no muy lejanos días…
Por de pronto, dejemos que siga corriendo la bola, al fin y al cabo este pobre país es precisamente de las bolas, de los bolos y, un día y otro también…, ¡de las balas!
¡Ojalá que todo pase sin que pase nada, estimado Juan Pueblo!