Y no nos da vergí¼enza



Ayer un reportaje de la cadena de televisión norteamericana en español, Telemundo, puso en evidencia los altos niveles de desnutrición infantil que afectan a Guatemala y las consecuencias que ello tiene en el corto y largo plazo. Aparte del riesgo para la vida de los niños, según el reportaje originado en Tecpán, Chimaltenango, el Estado pierde millonarias cantidades por la inversión inútil que hace en educación toda vez que los niños malnutridos no tienen la capacidad de aprender eficientemente y además se gastan miles en salud para atender enfermedades relacionadas con la escasa ingesta de alimentos.

Y ello sin cuantificar que estamos formando generaciones que tendrán dificultades para alcanzar pleno desarrollo fí­sico e intelectual y que, por lo tanto, aunque suene muy duro debemos ver como un lastre para el paí­s. Obviamente la frase es terrible, porque calificar a nuestra población como lastre en vez de maravilloso recurso es dramático, pero hay que entender que esa es una realidad que no podemos seguir ocultando por más tiempo.

Pero debe preocuparnos que el tema sea más y mejor entendido por los extranjeros y por medios de comunicación que nos ven desde la distancia que por nuestra misma sociedad y su prensa que no reparan en las consecuencias dramáticas que tiene la desnutrición. Se hacen grandes alharacas en casos especí­ficos como cuando se descubrió la hambruna en Chiquimula y posteriormente en Zacapa, pero la realidad es que el hambre está regada por toda la geografí­a nacional y forma parte de los desafí­os impostergables ya no sólo para el Gobierno, sino para todos los sectores de la sociedad que aspiran a impulsar el desarrollo.

No es extraño que hoy aparezcamos a la cola de América Latina en el informe de Desarrollo Humano porque nuestra realidad es terrible y lo peor de todo es que sigamos la vida sin conmovernos, sin siquiera sentir vergí¼enza por el tipo de paí­s que hemos ido conformando. Si la inseguridad y la falta de justicia nos coloca como un Estado fallido, la existencia de esas grandes desigualdades y de hambre permanente al grado de afectar de desnutrición a nuestros niños, nos coloca en el papel de sociedad fallida, porque la vida en sociedad demanda que haya más solidaridad, que nos ocupemos aunque sea en mí­nima parte del destino de los otros miembros del conglomerado y Guatemala es, tristemente, un ejemplo de cómo no deben hacerse las cosas.

Pero quienes deciden en el paí­s siguen tranquilos porque no sufren ni penas ni mucho menos hambre, pero por lo menos debiéramos tener vergí¼enza al ver la imagen que proyecta nuestra realidad.