Y lo peor es que ni siquiera nos da vergüenza


Oscar-Clemente-Marroquin

En términos generales, el informe de la Organización de Naciones Unidas para la infancia, UNICEF, es que Guatemala es un país que tiene ingreso bruto correspondiente a los países con economía media, pero con índices de desnutrición infantil que se equiparan a los que hay en Ruanda, Afganistán y Somalia.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Cuando vemos las documentales que se han producido en algunos de esos países, con escenas patéticas sobre el estado de la niñez, nos conmovemos y pensamos que cómo es posible que en pleno siglo XXI puedan darse esas situaciones tan dramáticas en las que hay niños que mueren por hambre y otros que nunca alcanzan su pleno desarrollo precisamente por falta de nutrientes que les permitan alcanzar su plena potencialidad. Pero como eso ocurre en lugares lejanos, no se espera de uno más que el lamento y, acaso, la solidaria oración por quienes sufren tan adversas condiciones.
 
  Sin embargo, ocurre que eso mismo ocurre aquí en Guatemala y convivimos todos los días con la miseria que condena a la mitad de los niños que habitan el país a sufrir la deficiencia alimentaria. Pero ni siquiera nos da vergüenza enterarnos de que estamos a la altura de Somalia, Ruanda y Afganistán, países que han sufrido la depredación y la guerra y que por esos jinetes apocalípticos han condenado a sus pueblos a sufrir hambre. Guatemala es un país que tuvo su conflicto interno, pero sin que tuviera los efectos económicos de las guerras sufridas en aquellos países, además de que las condiciones precarias de nuestras familias ya venían de antes del conflicto, tanto así que algunos afirman que esa miseria, esa desigualdad tan brutal, fue causa del enfrentamiento que provocó tanta muerte.
 
  Y es que a diferencia de esos tres países que señala UNICEF para hacer la comparación con Guatemala, nuestra economía se considera en los niveles medios, es decir, muy superior a la economía de esas naciones. Nuestro problema no es de falta de producción, no es de falta de actividad económica ni falta de riqueza. Simplemente es un problema de inequidad estructural en un Estado donde unos pocos lo tenemos todo, desde la más sofisticada y moderna de las comodidades hasta la más ancestral de las ventajas, mientras que una proporción demasiado grande de la población históricamente ha carecido de todo, hasta de la esperanza, porque el sistema no le permite ni le ofrece la oportunidad de aspirar a salir de su condición. El que logra viajar al extranjero para esforzarse en trabajos muchas veces inhumanos para enviar dinero para el sustento de su familia es, posiblemente, el que logra romper esa barrera de la falta de oportunidades.
 
  En países como Somalia y Ruanda no hay razón para que nadie se sienta avergonzado porque la economía en general está deprimida y ello provoca el hambre y la miseria de casi toda la población. En cambio en Guatemala, nuestra economía puede no ser la más próspera, pero se mantiene en crecimiento y para pocos, las oportunidades están allí y con poco esfuerzo se puede lograr no sólo la satisfacción de necesidades, sino disfrutar de algunos lujos.
 
  Ese informe de UNICEF debiera ser entendido como un balde de agua fría para aquellos guatemaltecos que viven con aires de primer mundo, para aquellos que siendo los que influyen y toman decisiones desde la perspectiva que les da su burbuja de prosperidad y comodidad, sientan un poco de vergüenza al entender que le estamos fallando a nuestra sociedad al mantener tan brutal inequidad. No se puede aspirar a la igualdad de todos los seres humanos, pero no es humano mantener a tanta gente en las más brutales condiciones de miseria por negarle, tan siquiera, una oportunidad para comer.