¿Y la legalidad?


Cuando a los 13 años, inducido por mi padre, llevé en hombros por primera vez las andas de la Consagrada Imagen de Jesús Nazareno de la Merced, me parecí­a un sueño inalcanzable llegar a sobrepasar la cifra de los 50 años para hacerlo consecutivamente. Ahora cumplidos los 56, me parece que la fe, la devoción, como las buenas costumbres son capaces de ayudar al ser humano a lograr cualquier meta por difí­cil que esta sea. Lo que se me sigue haciendo cuesta arriba es ¿cómo lograr un objetivo sin contar con el propósito de enmienda, la corrección de hacer las cosas como Dios manda y mejor aún, cumpliendo las normas que la buena convivencia social exigen?

Francisco Cáceres Barrios

Me asusta ver desde ahora, el paí­s que vamos a heredar a nuestros nietos. Estamos comprobando cómo un maestro, en vez de estar dedicado a su sagrada misión la incumple y cuando la sociedad le exige que lo haga o se va de patitas a la calle se ponga entonces a clamar tranquilamente una amnistí­a. De ahí­ que pregunte: ¿y la ilegalidad de los actos que uno cometa no tienen castigo? Nadie puede discutir que el respeto a los derechos humanos está consignado en nuestra Constitución pero, ¿eso significa que se puedan invadir impunemente tierras que no son propias, secuestrar a inocentes seres humanos y hasta exigir a las autoridades constituidas que cumplan las condiciones que a mí­ se me antojen?

No sé, talvez la lectura de este comentario le parezca al amable lector que conlleva un cúmulo de sandeces motivadas porque no quiero entender el por qué la vida es así­, que las malas artes de la polí­tica así­ se hicieron y quién no lo acepte mejor será que se vaya a vender hamburguesas a otra parte. Comprendo perfectamente que algunos prefieran tener toda una vida encerrado entre cuatro paredes a un sanguinario asesino, que aplicarle la pena de muerte; entiendo que algunos interpreten la Santa Biblia de una manera y otros, sólo tengan grabado aquello de «ojo por ojo y diente por diente» pero, cosa muy difí­cil si no imposible de entender, es que los más listos y chispudos puedan andar tranquilos gozando de su libertad y al resto, que se los lleve la tiznada. No, no me entra en la cabeza que haya chapines que puedan ser complacientes con una administración de justicia que haga a su sabor y antojo únicamente lo que los intereses del momento le dicten y no conforme a lo que la ley establece.

Ahora es tal la impunidad que tranquilamente, como si fuera lo más normal del mundo, se listen en los medios de comunicación las empresas de transporte extraurbanas que más hayan causado accidentes; los diputados más incumplidores de sus obligaciones; los reos que más entradas y salidas hayan tenido de las cárceles; los nombres de los jueces que más sentencias hayan dictado por faltas de mérito y hasta más veces hayan concedido la libertad por medio de medidas sustitutivas. En fin, sigo sin entender el porqué hay tantos monumentos en nuestro paí­s a Barrios, a la Paz, a la Libertad, al Trabajo y a los próceres de nuestra independencia, cuando lo más común y corriente es y según parece seguirá siendo: la mentada impunidad. A ese paso, ¿pasivamente vamos a permitir que siga imperando por otros 50 años más?