Quisiera que alguien nos contara cuánto dinero y esfuerzos se han gastado en el afán de disuadir a legisladores y autoridades de la aplicación de la pena de muerte en Guatemala. Digo lo anterior porque no hay día de Dios que no aparezca publicada en los medios de comunicación social la cacareada teoría sobre que la pena de muerte no disuade a los delincuentes seguir cometiendo cuantas fechorías se les ocurra. Reconozco que pensar que tal trabajo de investigación se pudiera hacer, es realmente una utopía y a la postre, tendría los mismos estériles resultados de saber cuánto se ha gastado en pedir que se aplique.
Con el perdón de los obcecados defensores de una u otra forma de contener la avasalladora delincuencia, lo anterior es igual a «gastar pólvora en zanates». Estoy plenamente convencido que mejor sería dedicar tanto dinero y esfuerzos en educar, formar y cultivar una paternidad responsable; consolidar el propósito fundamental de la familia y lo mismo, sumándole valores y principios, inculcárselo a los niños y jóvenes.
No tengo idea de cuántas organizaciones existen alrededor del orbe terrestre que se dedican, según dicen, a defender los «derechos humanos». Digo esto, porque no he visto por ninguna parte sus ardorosas manifestaciones para que los delincuentes dejen de hacer llamadas telefónicas exigiendo dinero a cambio de dejar de amedrentar desde el más humilde hasta el más encopetado guatemalteco. Tampoco veo que esa enorme cantidad de ONG que gastan enormes cantidades de dinero en directivas, funcionarios, empleados, gastos administrativos, de viaje y representación velen porque se aplique con todo rigor la justicia en casos como el de la viuda que le acaban de matar a su esposo; el del hijo que le arrebataron a su madre de las manos o a los padres que ingratamente perdieron a su retoño porque se «atrevió» ir a comer un taco al restaurante de la esquina, como para quienes claman por el castigo más ejemplar y disuasivo que exista para sus victimarios o ¿Hacerlo también sería una salvajada?
Para serles sincero y aprovechando que está de moda la expresión, «me viene del norte» si el Presidente de la República veta la ley que le obliga hacer las de Poncio Pilatos; si solo Cuba y Guatemala tienen vigente la pena capital; si en los Estados Unidos les aplican a los asesinos la inyección letal o los sientan en la silla eléctrica o si hay más delincuentes en la Cochinchina que en Guatemala. Lo que realmente me importa y no me viene del norte ni del sur, es ver que ¡En Guatemala!, mientras tanto se discute el sí o el no a la pena de muerte, nuestras autoridades sigan siendo el hazme reír de los delincuentes por vivir haciendo transferencias y malos manejos con fondos públicos destinados a combatir y prevenir el crimen.