¿Y ahora qué para Pacquiao?


Manny Pacquiao (D) demostró su jerarquí­a al vapulear al mexicano Antonio Margarito. FOTO LA HORA: AP David J. Phillip

Manny Pacquiao estaba más inquieto por la lista de canciones para su próximo concierto que con Floyd Mayweather hijo.


Pacquiao recomendó detener la pelea al árbitro, ya que consideraba que su oponente se encontraba en malas condiciones. FOTO LA HORA: AP David J. Phillip

El combate que todos quieren ver tal vez nunca se haga realidad, pero Pacquiao tení­a un compromiso impostergable: un concierto en Lake Tahoe antes de volver a su paí­s y cumplir sus deberes como diputado en el Congreso de las Filipinas.

Pacquiao cimentó su condición como el mejor boxeador del momento al propinarle una paliza a Antonio Margarito, tan brutal que el aguerrido mexicano tuvo que ser llevado al hospital.

El único inconveniente fue que Pacquiao no pudo firmar autógrafos para sus aficionados, ya que no podí­a sostener bien el bolí­grafo.

«Mis manos están bien hinchadas, me duelen en serio», dijo Pacquiao.

Margarito permanecí­a en el hospital el domingo y el promotor Bob Arum informó que el boxeador sufrió la fractura de un hueso debajo del ojo derecho y será operado el martes en Texas.

Esto no sorprende, si se considera que el «Pacman» pasó 12 asaltos demoliendo la humanidad de Margarito, sobre todo la cabeza.

Castigó a Margarito desde todos los ángulos y con una llamativa punterí­a, dejando al mexicano con ambos ojos cerrados y el rostro ensangrentado al dominar cada asalto del combate en las 150 libras (68 kilos).

Fue la actuación de un virtuoso, aunque ello ya no sorprende porque eso es lo que se espera del diminuto Pacquiao. La diferencia de tamaño nunca incidió en una noche en la que la velocidad del filipino imperó y los 41.734 espectadores en el Cowboys Stadium rugieron con cada combinación.

La madre de Pacquiao quedó tan impresionada por la emoción que tuvo un desmayo ligero cuando la pelea terminó. La gran mayorí­a de los demás estaban de pie, mirando satisfechos la manera en que Pacquiao terminaba una noche de trabajo, hincado en una esquina neutral diciendo una oración de agradecimiento.

La abrumadora victoria le entregó a Pacquiao su octavo tí­tulo mundial durante una insigne carrera que comenzó peleando en las 107 libras (48,5 kilos) cuando adolescente en las Filipinas.

Tuvo el control todo el tiempo, y vapuleó tanto a Margarito que Pacquiao le suplicaba al árbitro que detuviera el combate en el 11mo asalto para que su adversario no recibiera más castigo.

«Le dije al árbitro, «véale los ojos, véale las cortadas»»», relató Pacquiao. «No querí­a causarle un daño permanente. Eso no es el boxeo».

No bien habí­an entregado los jueces sus tarjetas cuando Pacquiao ya estaba respondiendo preguntas sobre el púgil que le reste vencer. Mayweather podrí­a no ser el único rival creí­ble que le quede a Pacquiao, aunque Arum habló después de la pelea sobre un posible combate con Shane Mosley o un tercer enfrentamiento con Juan Manuel Márquez.

Pero el también legislador dejó en claro que estaba cansado de la polí­tica en el boxeo cuando se trata de una pelea que realmente importe.

«No quiero hablar de Floyd Mayweather», atajó Pacquiao. «Si se toma una decisión, se la presentaré a Bob Arum».

Si Mayweather gastó 65 dólares para ver el combate en la televisión por pago, podrí­a estar incluso más renuente para enfrentar a Pacquiao que antes. También tiene problemas legales por un altercado con la madre de su hijo que podrí­a interferir con una posible pelea a principios del año próximo, pero Arum cree que el combate podrí­a realizarse si Mayweather quiere de verdad.

Margarito parecí­a una prueba complicada para Pacquiao, acaso quizá porque es mucho más alto. Pero desde el primer capí­tulo fue evidente que Pacquiao no tendrí­a problemas para conectarle en la parte superior del cuerpo aunque tení­a casi ocho kilos (17 libras) y casi 13 centí­metros (cinco pulgadas) menos.

Margarito intentó esforzarse y se mantuvo yendo adelante en toda la pelea buscando asestar golpes duros en la cabeza. Pero pagó un precio terrible pues Pacquiao le desfiguró el rostro y lo dejó sangrado y casi ciego en los últimos asaltos.

«De ninguna manera me voy a retirar», dijo. «Soy mexicano, peleamos hasta el final».