í‰XITO CREATIVO, Y í‰XITO ADAPTATIVO


Una vez visité un laborioso, alegre y productivo municipio de Huehuetenango. En su prodigiosa campiña habí­a cabañas humeantes, robustas coní­feras, moras cultivadas, balantes ovejas, ocultos senderos, colinas olvidadas, y rústicos caminos transitados por corteses campesinos. El municipio tení­a veinticuatro rí­os, con agua suficiente para inundar las calles del pueblo, o para desbordar las grandes pilas de viejas y espaciosas casas. Uno de los rí­os más grandes surgí­a de la montaña, agitado e impetuoso, sonoro y frí­o, limpio y espumoso, entre grietas rocosas y vegetación profusa. Sus aguas contribuí­an al esplendor de un valle fecundo, creador primoroso de cebolla, ajo y papa.

Luis Enrique Pérez

Un dí­a, durante la mañana, cuando desde el jardí­n de la casa en la que me hospedaba, contemplaba los montes Cuchumatanes, los anfitriones que me toleraban insistieron en que me bañara pronto, porque se interrumpirí­a el suministro de agua. Temerosos de que yo no pudiera creer que, en un municipio que tení­a veinticuatro rí­os, el agua suministrada a los hogares del pueblo fuera escasa, señalaron hacia la pila, y observé que el chorro de agua que brotaba del grifo amenazaba con extinguirse. Precisamente cuando, en el cuarto de baño, estaba completamente mojado, y sólo una parte de mi cuerpo habí­a disfrutado del beneficio del jabón, se interrumpió el suministro de agua. Una cubeta de agua calentada en la cocina, y una palangana, y un biombo improvisado exigido por el pudor, posibilitaron terminar el perturbado rito bañí­stico del dí­a. No habí­a agua suficiente en los hogares, porque la municipalidad no tení­a dinero para invertir en captar, almacenar y distribuir una mayor cantidad de agua. Un aumento del costo del suministro de agua hubiera aportado el dinero que la municipalidad necesitaba; pero la mayorí­a de habitantes no querí­a pagar un costo adicional. Rí­os abundantes y hasta caudalosos, y hogares que sufrí­an una absurda escasez de agua, me invitaron a conjeturar sobre las causas de algunos de los males que sufre nuestro paí­s. Conjeturé que, excluidos aquellos males que son efecto de causas naturales, como los terremotos o los huracanes, hay males que son obra de nosotros mismos. Son nuestra propia obra, ya porque actuamos negligentemente y los provocamos, ya porque nos abstenemos de actuar y permitimos que surjan, ya porque, provocados por negligencia o surgidos con nuestro permiso, nos habituamos a soportarlos, y entonces se tornan tan normales que parecen ser una parte esencial del Universo. Conjeturé también que, en la vida ordinaria de los seres humanos, pueden distinguirse dos géneros de éxito. El primero es el éxito creativo. Es el éxito de quien ha querido mejorar su estado de vida, y lo mejora. Es el éxito que ha exigido actuar para alterar el acontecer del inmediato mundo cotidiano. Es el éxito, por ejemplo, de quien sufre escasez de agua; pero actúa para obtener agua suficiente, y la obtiene. El segundo es el éxito adaptativo. Es el éxito de quien sólo quiere preservar su estado de vida, y lo preserva. Es el éxito que exige actuar para someterse al acontecer del inmediato mundo cotidiano. Es el éxito de quien, por ejemplo, sufre escasez de agua, y actúa para adaptarse a la escasez, y se adapta. El éxito creativo contribuye a generar riqueza. El éxito adaptativo contribuye a preservar pobreza. Post scriptum. Una causa del progreso de la humanidad es el éxito creativo, y no el éxito adaptativo.