Eduardo Blandón
No creo que Woody Allen sea un escritor excepcional, merecedor de algún premio literario importante o un clásico que perdure para siempre. El cineasta nacido en Brooklyn es mucho más modesto que eso. Es un narrador con talento que, haciendo gala de su rara visión del mundo, congela sus observaciones y las traslada al papel.

¿Es poco eso? Por supuesto que no. Por tal razón sería injusto ningunearlo, restarle méritos y considerarlo como un novicio de la escritura. Nada más falso. Allen, denota ser un escribidor de trayectoria, un Job de la escritura que madura con los años y al que la sempiterna paciencia conduce a un dominio cuasi natural del arte. El resultado queda a la vista: textos transparentes, límpidos y bastante bien estructurados.
Ya esto sería suficiente para superar un examen mínimo en el planeta de los libros. El lector nunca terminará de agradecer la nitidez expositiva de un texto aun cuando el contenido carezca de imaginación y recurra a lugares comunes. La legibilidad es la primera y fundamental virtud que debe conseguir un relato que aspire a ser leído al menos por desempleados o come libros.
Afortunadamente Allen cuenta con otras cualidades que le permiten superar al escritor iniciático. Su ingenio, ocurrencia, imaginación y locura dejan en la boca una sensación poco común. Y no se trata de historias de ovnis o conspiraciones marcianas, sino de una especie de «mix» entre cotidianidad e intuición que aderezan narraciones peculiares y hasta, diríamos, originales.
Con todo, el mundo creado por el director de cine es un retrato de las ciudades que conoce. Sus personajes son muy posmodernos: ven televisión, sufren estrés, buscan la trascendencia y están atrapados por el consumismo. Son sujetos desestructurados y con crisis de identidad. Trabajan como brutos, ganan dinero, pero nada los supone felices. Es, diríamos, el Macondo nada surrealista de ese universo que todos conocemos.
Pero no nos dejemos llevar por las apariencias. El ojo escrutador del escritor, que ve como por medio de una cámara de cine, descubre sitios que nuestra lente ignora. Y esta es la riqueza de la experiencia lectora de «pura anarquía», la revelación de aquello pasado por alto por unos ojos distraídos, habituados a lo mismo y, por lo tanto, desconcentrados.
El profeta, Woody Allen lo es de alguna manera, no lo es por su capacidad de avizorar un futuro desconocido, una realidad virtual o un horizonte infinito, sino por hacernos conscientes de lo que vemos y miramos, sin apenas percibirlo. Quizá por ello, la obra la caracterice la burla despiadada, el humor negro y la ironía amarga. «Pura anarquía» es el libro del autorretrato. La expresión de nuestra vida. Como en la primera historia en la que el protagonista que dice estar «al borde de la asfixia, con la vida entera desfilando ante mis ojos en una sucesión de viñetas melancólicas…», invierte su tiempo en cosas a todas luces novedosas y raras. Consigue levitar luego de pagar el precio a través de humillaciones, pero nunca consigue bajar del cielo el que le enseñaron a tocar las nubes. «Entretanto, puse todo mi empeño en descender, contorsionándome y haciendo muecas como un mimo. Finalmente, mi media naranja asumió la responsabilidad de vencer esta desviación de la física convencional y, pasando a la acción, se procuró el esquí de un vecino con el que me dio de lleno en la cabeza y me bajó al suelo en un santiamén».
Son los golpes de las mujeres, sugiere el texto, los que nos ponen en nuestro lugar. Cuando su presencia falta, nos exponemos a las ironías de la vida. Como esa que cuenta en la historia titulada «rescate tandoori», en la que el protagonista, Afflatus, un mal actor, cree ser contratado para el papel principal de una película. En realidad, se narra, es contratado para un simple doble de iluminación.
«Alguien que se quede quieto en un sitio durante las tediosas horas que el cámara tarda en iluminar la escena. Alguien que tenga un vago parecido con el protagonista para que los focos y las sombras no anden muy desencaminados. Así, en el último momento, cuando están listos para decir acción y rodar, el zombi…, quiero decir, el doble, se larga y aparece el peso pesado para interpretar el papel».
Si hasta aquí hubiera llegado el infortunio del pseudo actor, habría sido maravilloso, pero en el rodaje de la película lo confunden con el personaje principal y es secuestrado y golpeado. Cuando es condenado a morir, es rescatado milagrosamente por alguien que le tiene una propuesta «original».
– Pero ¿por qué has arriesgado la vida por mí?
– Pues porque en tu ausencia te conseguí el papel protagonista en un largometraje. Cosa fina. Va sobre la guerra de las drogas. Se rodará entero en la selva colombiana. Un anti-Medellín. Supongo que por eso ciertos escuadrones de la muerte han jurado eliminar a unos cuantos miembros del reparto si el equipo de filmación asoma por allí. Pero el director lo considera ruido de sables y le quita hierro. No saber la de actores que han rechazado el papel, es asombroso. Pero, gracias a eso, te he conseguido más pasta. Eh, ¿adónde vas?
La vida dibujada por Allen en sus historias, como se puede ver, es inverosímil, pero está tan cargada de realidad que a veces el lector, con justa razón, tiene derecho a plantearse dudas.