William Lemus y el don de la vida

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En «El hombre que curaba la muerte», William Lemus confirmó el oficio de narrador de un autor destinado a diversas apetencias. Una comprobación de ese favoritismo es su novela «Vida de un pueblo muerto», motivo para el deleite de varias promociones de lectores.

Marco Vinicio Mejí­a

La agilidad para introducir al lector en un hilo narrativo preciso, sin desviaciones retóricas ni experimentaciones innecesarias está presente en «El hombre que curaba la muerte». Lemus no busca la hiriente conmoción ni el facilismo provocativo. Anda en pos de la más clásica intención literaria: entretener. Para ello, trabaja con esmero las posibilidades de la recreación, o sea, toma muy en serio la literatura como juego.

En esta reunión de cuentos, el esfuerzo lúdico es a veces desconcertante: la vida es manifiestamente frágil ante la perdurabilidad del ilusionismo en la historia de Francisco del íguila y Pérez, el malogrado Houdini tropical; en otra ocasión, asistimos al absurdo cuando el utilitarismo vengativo del empresario funerario colisiona con el altruismo desprevenido del curandero de la muerte.

Dueño de innumerables registros y recursos, Lemus opta por la sencillez narrativa y el laconismo retratista. Por momentos, las actitudes de sus personajes son circunstanciales, anecdóticas y escurridizas. Horacio López duerme arropado por cálculos y quimeras, mientras su vigilia es el cruel encaramiento del abismo social, atravesado por un puente resultado de otra clase de cálculos y previsiones.

La certeza del irracionalismo puede más en el delirio de Josefa Aceituno que la verdad de las falsas prisiones. El juego de la compasión se impone ante la sinceridad para aceptar el mal de don Fulgencio. Las pasiones desatadas en el escenario por una pareja de esposos tienen su hecho generador en una cotidianidad sin disfraces domésticos, a la par que la violencia hogareña se disipa entre los aplausos del público.

Rasgos, anticipaciones y soluciones inconclusas también nutren los relatos. El fatalismo de la quiromántica, incapaz de encontrar su propia bienaventuranza. El bochorno del codicioso Marvin, timado con el viejo truco del billete de loterí­a. Las golpeantes consecuencias de la ridí­cula indiscreción del aprendiz de detective Alfredo Mussi; el descorazamiento de Margarita; la hilaridad inoportunas de Maya y Marí­a; la rebeldí­a autista, encapsulada, de Jorge Hidalgo.

Las narraciones de William Lemus se digieren con satisfactoria rapidez. Son destellantes y directas, sin el agobio de conceptualizaciones o la profusión de diálogos. Se trata de una serie de retratos de personas, comunes y corrientes, enfrentadas ante las pasiones y el anhelo de sobrevivir. Son una reafirmación de su autor por el derecho a la imaginación y el gozo del bien de la vida.

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