El constante intercambio de opiniones con nuestra población ha permitido percatarme que nuestra gente sigue atenta a los resultados de las encuestas, no para enterarse cómo marchan las preferencias sino para inclinar su decisión a la hora de ir a votar, craso error por cierto, que indica que sigue sin haber independencia de criterio, lo que me hace recordar aquella expresión que dice: «Â¿A dónde va Vicente? Adonde va la gente». De ahí que cuando se pregunta ¿por quién piensa votar? Responden que quisieran hacerlo por el más honrado, capaz y preparado, pero que como seguramente no va a ganar, no le queda otra que marcar la casilla de alguno que vaya encabezando los resultados y agregan -¿y qué otra nos queda, usté?
Para algunos esto podrá significar que la gente ha ido razonando más su voto, desechando lo emocional y lo superfluo, como el que habla más bonito, porque cae bien o porque «tan galán que es», para terminar haciendo un análisis empírico que indica que ya no le impresiona tanto la música pegajosa, los obsequios de la gorra y la camiseta o tantas falsas promesas de siempre. Pero la decisión resulta contradictoria, la que nos hace caminar como el cangrejo, igual al que escoge casarse con la mujer más sexy, bonita y atractiva y no con la más hacendosa, inteligente y honesta.
No, por favor no se contradiga a sí mismo. Usted debiera dejarse llevar por su análisis y buen criterio, como por el porvenir del país. No vaya a votar con el mismo criterio que emplea cuando después de ver jugar a su equipo favorito responde, dado que el resultado haya sido favorable ¡ganamos! Pero si pierde, cambia para decir ¡perdieron! De aquí se derivan los frustrantes resultados que vivimos cada cierto tiempo. Es que ir a votar no es como apostar en las carreras al caballo que tiene la mejor pinta. Debe ser un acto cívico, lleno de responsabilidad y llevado a cabo con un enorme deseo por cambiar el negro destino que los politiqueros han venido labrando en perjuicio del país y en su beneficio.
Votar por el que puede ganar y negárselo a quien llena los más estrictos requisitos es negarse a sí mismo. Es contrariar su propia lógica, pisotear valores y principios y no apreciar en lo más mínimo sus propias convicciones, creencias y ambiciones. Por ello es que no cambiamos. Seguimos siendo el mismo pueblón, sólo que con más gente. La misma sociedad, sólo que más corrupta. La misma gente, sólo que más indecisa, insegura e inestable. Lo que trae como resultado que los que así piensan no tienen derecho a quejarse, a protestar ni abrir la boca, porque seguramente por su culpa vamos a seguir en las mismas. Su voto sigue valiendo mucho. Sólo siendo honestos con nosotros mismos vamos a salir avante.