Ya pasó el olor a corozo y los trajes de cucurucho vuelven a las serchas con la esperanza de ser reutilizados el siguiente año. La solemnidad de la Semana Santa está guardada de nuevo en el cajón de las tradiciones guatemaltecas, que entre otras cosas, se han convertido en una excusa para separarse de la realidad, aunque sea por unos cuantos días.
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Pasando este capítulo pintoresco, nos encontramos de nuevo sumergiéndonos en nuestros rutinarios días atorados en la sociedad chapina agitada. Los titulares de los periódicos nos vuelven a dar bofetadas para despertar ya de ese sueño de verano. El silencioso y tranquilo sonido del mar y de la playa se transforma en estruendosos motores; el ruido se apodera otra vez de las calles, las oficinas, las casas, en todo. Agobio.
Pero ni siquiera tenemos la oportunidad de arrancar con tranquilidad los motores y readaptarnos a nuestros quehaceres sin aquel miedo y paranoia que habíamos olvidado por algunos momentos. Ayer, un amigo me llamó para contarme cómo había sido asaltado por un adolescente de quizá unos 15 años de edad; su dominio con la pistola fue el argumento de peso para que este cuate no se aferrara de su billetera y de su celular de Q900.
Los motoristas, con justa indignación, se comenzaron a agruparse para protestar contra la nueva regulación que impide que lleven compañía en esos vehículos. El gobierno, justificándose, sostiene que esa medida es un golpe contra la delincuencia y con ello el sicariato desaparecerá. No hace falta ser muy creativo para descubrir lo absurdo de nuestros políticos al justificarse en sus decisiones que permiten la libertad de unos pocos y perjudican a unos muchos.
Nos despertamos de nuevo en nuestra realidad: torcida y tóxica. Intentamos otra vez reunir esos trocitos de ese espejo donde intentamos reflejarnos, pero en dado momento el desencanto y la desesperación se apodera de nuestra voluntad. Nos carcome.
Ese clima tiene sus respuestas, o sus causas. Somos producto de nuestra historia, controlada por aquellos que siempre han estado jugando con esos hilos que nos colocan donde mejor les parece. No por nada al intentar escarbar y supurar nuestras heridas, resurgen los viejos enemigos y nos tildan de resentidos y retrógrados. Nosotros sólo queremos una vida con tranquilidad, leer un libro en paz, jugar pelota sin que nos maten, salir a pasear con nuestros hijos, regresar a casa sin miedo, dejar de tomar pastillas para el insomnio, compartir con los amigos. O, regresar de una Semana Santa sin sentirnos culpables y tan desgraciados.