A guisa de prólogo
Confieso que no resulta fácil ni mucho menos cómodo abordar el tema de la pena de muerte en estos momentos tan difíciles como los que estamos viviendo en nuestro atormentado país. Es tanta y tan salvaje la violencia en que vivimos a diario que nuestra gente, sobrevivientes y víctimas, están exasperadas ante la ineficacia de las autoridades para dar seguridad a los ciudadanos. Y es comprensible su indignación, inclusive que llegue a pensarse que sólo la pena de muerte podría ser una solución. Algún comentarista se ha afirmado que el 90 % de los guatemaltecos está de acuerdo con dicha pena. Pero, ¿hasta qué punto son fiables estas «estadísticas»? ¿Hasta qué punto las personas no reaccionan con justa indignación ante tanta impunidad para asesinar?
Como arzobispo y ciudadano, no puedo ni debo callar. No busco el aplauso de quienes tengan la paciencia de leer este comentario. Tampoco pido que estén de acuerdo conmigo en un cien por ciento. Otros obispos en la historia, como Atanasio de Alejandría o Juan Crisóstomo, tuvieron que sufrir mucho por externar su magisterio. Pero creo que tengo legítimo derecho a exponer lo que siento como intérprete de una institución importante como es la Iglesia Católica, en la cual soy uno de sus cuatro mil obispos.
Regreso a los tiempos de Nerón
Hace unos dos mil años el emperador Nerón inventó un signo con su mano imperial. Si la levantaba con el pulgar derecho hacia arriba el gladiador derrotado, era perdonado y podía seguir viviendo. Si por el contrario ubicaba su dedo hacia abajo, el gladiador vencedor debía quitarle la vida al vencido. Lo triste de este caso es que la vida de un hombre no dependía tanto de ser el vencido en una lucha de gladiadores, sino que su vida o muerte dependiera de una persona, nada menos que la del ingrato y tristemente célebre emperador.
Con el correr de los años, esta absurda facultad pasó a emperadores y reyes y, a pesar de vivir ya después de dos milenios, los diputados recién instalados se estrenan concediendo ahora tan neroniano encargo al C. Presidente de la República popularmente electo. Y de un plumazo! De ahora en adelante, a pesar de todo un largo proceso judicial, la vida de un condenado a muerte dependerá del C. Presidente, convertido inclusive por sus mismos partidarios en un nuevo Nerón en un nuevo circo romano.
¡Qué vergí¼enza! Son increíbles los diabólicos inventos que el hombre ha producido a lo largo de los siglos para eliminar a otro ser humano. Mucha agua ha corrido bajo el puente de la historia desde aquella maldita quijada de burro, propiedad del primer Caín, hasta la ahora tristemente famosa inyección letal concebida «humanitariamente» para que el ajusticiado no sufra tanto al morir. Todos estos inventos deshonran a las personas que las inventaron: quijadas de burro, espadas, hachas, horca, fusiles de todo tipo, la guillotina francesa, el garrote español, la cicuta griega, la silla eléctrica, la cámara de gas, la hoguera inquisitorial, el veneno florentino en una copa de vino, los métodos descritos en el libro «Masacres de la Selva», el rociar con gasolina gente humilde encerrada en una capilla del altiplano guatemalteco para prenderle fuego, el «napalm» made in USA y tantos otros inventos que se ubican en la frontera de lo satánico y demencial. ¡Infame cadena de la violencia! Y sin olvidar uno de los mayores tormentos inventados por el hombre para matar: la cruz. Como quisiera que algunos de nuestros diputados leyera siquiera una parte el discurso de Cicerón ante el senado romano, contra un mal funcionario, de nombre Verres, en el cual el famoso orador describe lo que era la crucifixión, las causas por las cuales moría el condenado y los dolores que sufría antes de expirar.
¿Es disuasiva la pena de muerte?
Está comprobado plenamente que la pena de muerte no es disuasiva, como algunos opinan sin mayor fundamento. En los lugares en donde todavía existe siguen los asesinatos aún en el mismo día de las ejecuciones. Pésimo argumento el esgrimido para contentar a numerosas personas que han sufrido con el asesinato de sus seres queridos. En el momento actual esto se llama demagogia postelectoral: satisfacer de una manera incorrecta la justa indignación de sobrevivientes de las víctimas. Por eso, en este caso, resulta muy difícil distinguir entre justicia y venganza. Si la justicia fuera ecuánime y pareja, sin autoamnistías, más de algún personaje de nuestra historia pasada y reciente hubiera ya pasado por la cámara letal.
¿Y el error judicial?
Todo juzgador está expuesto al así llamado error judicial. Desgraciadamente en el caso de la pena de muerte el posible error es irreparable. Con el sistema de justicia tan enfermizo y raquítico que tenemos en Guatemala, ¿será éste el único país en donde los jueces jamás pueden equivocarse? Y si a fin de cuentas se traslada esta posibilidad de condonar o no la pena a un sentenciado a muerte en forma exclusiva y obligatoria al C. Presidente gracias a que 140 diputados levantaron la mano en el Congreso, ¿para qué, entonces, tener un organismo judicial? Indudablemente, quienes más contentos estarán ahora son los jueces porque saben que, gracias a este recurso, aunque condenen a alguien a muerte, del C. Presidente dependerá que la sentencia se ejecute o no. Sus propios partidarios le trasladaron «la papa caliente». No hay derecho.
¿Delincuentes sin castigo?
La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio. Por eso la Iglesia reconoce a las autoridades el derecho y el deber de imponer penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir en casos de extrema gravedad el recurso a la pena de muerte… Pero, ¿quién o quiénes están en la capacidad de determinar si ya se llegó a ese extremo? ¿Nuestros diputados recién electos e instalados? ¿O sus costosos asesores? Este recurso a la pena de muerte ha sido cancelado por el magisterio de la Iglesia en la encíclica Evangelium Vitae del papa Juan Pablo II. Y el Papa siempre interviene pidiendo clemencia. Y que quede claro, que debe castigarse al delincuente para que repare el desorden introducido por su crimen, para preservar el orden público, para la seguridad de las personas y también, para contribuir a la enmienda del culpable. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2266) ¿Servirán para la corrección del delincuente nuestras cárceles?
Resulta increíble que personas adultas en una sociedad cristiana, evangélica o católica, se olviden de la señal de la cruz que probablemente sus madres pusieron en su frente cuando eran pequeños y que, si hicieron la Primera Comunión, oyeron de la catequista o del sacerdote que el quinto mandamiento dice: «No matarás». Admito que, a lo largo de la historia, inclusive a veces se justificó la pena de muerte en autoridades católicas, colocándola como un último recurso extremo, pero no como han querido «nuestros» representantes en el Congreso, como si la pena de muerte fuera el pan nuestro de cada día.
En su primera visita a Guatemala, en 1983, en el Campo de Marte, el papa Juan Pablo II que tanto amó a nuestro país, pronunció una homilía memorable. Los guatemaltecos nos encontrábamos entonces trágicamente sumergidos en un enfrentamiento armado interno que costó más de 200.000 víctimas, numerosas masacres en nuestras selvas, millares y millares de refugiados y desplazados., terror diabólico entre nuestras etnias, etc. El sufrimiento era horrible. La falta de respeto por la vida humana se había entronizado en nuestro atormentado país.
Un modo de matar
El papa Juan Pablo II pronunció estas palabras: «Hombres de todas las posiciones e ideologías que me escucháis: atended a la súplica que os dirijo atendedla, porque os la hago desde la hondura de mi fe, de mi confianza y amor al hombre que sufre; atendedla, porque os la hago en nombre de Cristo. Recordad que todo hombre es vuestro hermano y convertíos en celosos defensores de su dignidad. Y por encima de toda diferencia social, política, ideológica, racial y religiosa, quede siempre asegurada en primer lugar la vida de vuestro hermano, de todo hombre» (Juan Pablo II, 7.III.1983)
Otro modo
Y el Papa continuaba: «Recordemos, sin embargo, que se puede hacer morir al hermano poco a poco, día a día, cuando se le priva del acceso a los bienes que Dios ha creado para beneficio de todos, no sólo para provecho de unos pocos». (Juan Pablo)
Una exhortación
Y por ello exhortaba «a los responsables de los pueblos, sobre todo a los que sientan en el interior la llama de la caridad cristiana, les invito encarecidamente empeñarse en medidas eficaces y urgentes para que los recursos de la justicia lleguen a los sectores más desprotegidos de la sociedad y que sean éstos los primeros beneficiarios de apropiadas tutelas legales. Para salir al paso de cualquier extremismo y consolidar una auténtica paz, nada mejor que devolver su dignidad a quienes sufren la Injusticia, el desprecio y la miseria». (Juan Pablo II).
Una reflexión más
Nuestra constitución política debe proteger la vida desde el inicio de su concepción hasta su fin natural. ¿Lo hace? ¿Desde el inicio de la concepción cuando se emiten leyes que permiten el uso de métodos anticonceptivos claramente abortivos? ¿Lo hace cuando nos encontramos ante horribles niveles de desnutrición y hambre? ¿Lo hace cuando cualquier delincuente le siega impunemente la vida a un piloto de bus? Y todo esto, ¿se solucionará a base de penas de muerte? Por favor. Quiera el Señor que no sigamos bañándonos todavía más en sangre. No es exageración afirmar que as lágrimas de tantas madres, padres, esposas y esposos, hijos, hermanos y amigos han llenado ya varias veces la fuente de la Plaza de la Constitución, que bien pudiera ya llamarse la «Plaza de las Lágrimas».
El castigo del delincuente.
No se crea que con estas reflexiones se defiende al delincuente. A éste hay que castigarlo. La doctrina social de la Iglesia Católica establece: «En este horizonte se sitúa también el problema de la pena de muerte, respecto a la cual hay, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicación muy limitada e, incluso, su total abolición. El problema se enmarca en la óptica de una justicia penal que sea cada vez más conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en último término, con el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad. En efecto, la pena que la sociedad impone < tiene como primer efecto el de compensar el desorden introducido por la falta >. La autoridad pública debe reparar la violación de los derechos personales y sociales mediante la imposición al reo de una adecuada expiación del crimen, como condición para ser readmitido al ejercicio de la propia libertad. De este modo la autoridad alcanza también el objetivo de preservar el orden público y la seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo un estímulo y una ayuda para corregirse y enmendarse». (Juan Pablo II) ¿Acaso tenemos en Guatemala esta «tendencia progresiva» de la que habla el Papa? ¿Son las cárceles centros de recuperación del delincuente? Es intolerable que todavía existan personas que se autodenominan «cristianos» y que no hayan comprendido que vivimos ya en el Nuevo Testamento y que Jesús, revelación máxima del Padre, haya abolido la ley del Talión, el ojo por ojo y el diente por el diente
Y concluyo
Siempre los obispos hemos condenado enérgicamente el asesinato alevoso de tantos guatemaltecos, millares, de toda condición social, inclusive en tiempos difíciles cuando otras instituciones callaban. Casi no hay familia guatemalteca, inclusivo la mía, que no haya sido víctima de horribles asesinatos. No hemos dejado de condenar las ya casi olvidadas masacres de años anteriores. Hemos levantado nuestra voz de protesta por la muerte de vidas inocentes en el seno de sus madres gracias a leyes ambiguas. . Condenamos la muerte de los mismos pilotos de buses. Siempre la Iglesia ha levantado su voz para protestar y solidarizarse con las víctimas. Debe castigarse al delincuente. Debe exigirse a la autoridad pública que cumpla con su misión constitucional. Pero, a pesar de todo, recordamos, para no seguir bañándonos en sangre: «La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta «la acción creadora de Dios» y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la Vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho a matar de modo directo a un ser humano inocente. (Juan Pablo II, Enc. Evangelium Vitae,53) Con estas palabras la Instrucción Donum vitae expone el contenido central de la revelación de Dios sobre el carácter sagrado e inviolable de la vida humana».