Vivencia en carne propia de la pesadilla diaria de palestinos


Por obra y gracia de la niebla, el presidente estadounidense George W. Bush se vio obligado hoy a una toma de contacto, aunque fugaz, con la realidad de la barrera de separación y los puestos de control israelí­es, que a diario agrian la vida de los palestinos.


Bush debí­a inicialmente recorrer en helicóptero los escasos kilómetros que separan Jerusalén de Ramalá, en la Cisjordania ocupada.

Pero la niebla lo forzó a hacer el trayecto por carretera para reunirse con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, y proseguir su misión a favor de un acuerdo de paz antes de que concluya su presidencia en enero de 2009.

En una de las dos rutas que unen Jerusalén y Ramalá, Bush divisó cientos de barreras israelí­es.

Vio también un tramo de muro de hormigón y alambrada con sensores electrónicos que se extiende varios centenares de kilómetros, adentrándose en algunos lugares en territorio palestino. Lo construyó Israel para protegerse, según la versión oficial.

En una conferencia de prensa, Bush dijo ser consciente de que su posición de presidente de un paí­s aliado de Israel le habí­a permitido disfrutar de un trato de favor, lejos del que se dispensa al común de los mortales palestinos.

«Os agradará saber que mi cortejo de no menos de 45 coches pudo pasar sin tener que detenerse. No estoy realmente seguro de que sea el caso del viajero común», bromeó.

Los puestos de control son motivo de queja de los palestinos de Cisjordania. Entorpecen la circulación de bienes y de personas. Los someten a colas interminables y a un trato que estiman humillante.

El «muro» levantado por Israel fracturó aldeas enteras.

El puesto de control de Beit El no tiene la reputación de ser muy estricto. De todos modo el camino que tomó Bush está reservado a las visitas, a los privilegiados y a las emergencias. Y, además, el tránsito desde Jerusalén hasta Ramalá es bastante más llevadero que en sentido contrario.

A pesar de su estancia en Ramalá y en Belén, todo parece indicar que se marchará sin haberse hecho una idea de lo que los palestinos soportan a diario. Si se dejan de lado las fuerzas de seguridad que vigilan las calles, Ramala se convirtió en una ciudad fantasmal.

Tampoco se veí­a a casi ningún alma en las calles cuando llegó a Belén para visitar la Basí­lica de la Natividad, donde nació Jesús, según el Nuevo Testamento.

Bromas aparte, Bush reconoció la gravedad del problema.

«Comprendo la frustración de los palestinos de tener que pasar por puestos de control», dijo.

«Comprendo también que los israelí­es quieran un cierto grado de seguridad mientras no se instaure la confianza entre una parte y otra», agregó.

Después de haber pedido en Jerusalén el cese de los ataques contra su aliado, Bush se desplazó a Ramalá para expresar su confianza sobre un acuerdo para la creación de un Estado palestino.

La futura Palestina debe disponer de un territorio «continuo» para no parecer un queso «gruyere», advirtió.

Una vez despejada la niebla, Bush dejó Ramalá y se encaminó a Belén para seguir su periplo por tierras palestinas.