Dentro de las taras colectivas que nos aquejan, quizás una de la de mayores repercusiones negativas lo constituye nuestra tendencia a interpretar el entorno en base a una sobredosis ideológica, dejando de lado la posibilidad de entablar acuerdos políticos. La embestida que padecemos en toda la región mesoamericana, en cuanto a las disputas por territorios que ha hecho con renovada bestialidad el narcotráfico y otras formas delincuenciales que han aumentado los índices de violencia, es el mejor ejemplo de cómo no nos ponemos de acuerdo para encarar con algún grado de éxito tal acometida.
Muchos años son ya los que nos tienen prisioneros de la impronta que dejó la intervención norteamericana en nuestro país. Pero desde antes aún, la tiranía dictatorial abierta y desenmascarada por 22 años en los albores del siglo pasado, continuada con los 14 siguientes y luego por otros casi 30 años con fachada electoral, nos arrojan los aberrantes 66 años marcados con una tendencia impuesta a fuerza de sangre, persecución, terrorismo de Estado y ausencia de partidos políticos.
No aprendemos de la historia. O somos prisioneros de nuestros deterioros colectivos (sociales). Se ha construido todo un frontón de normas y disposiciones que reiteradamente nos negamos a cumplir. Unos por acción y otros por omisión. Sin embargo, no perdemos la característica de sumisión ante la arrogancia de los promotores de la violencia. Y políticamente sin capacidad de entablar acuerdos, de fijar metas que conjuntamente podamos tener como punto de coincidencia para defendernos, para generar confianza y el emprendimiento necesario para salir del torbellino delincuencial que nos aqueja.
«No se vale», pregona un colectivo, instrumentalizar el actual estado de cosas con fines sectarios. De hecho no se debiera de dar esta utilización con fines ajenos al interés nacional, pero se está dando. No es dable. El caso es reiterativo. De hecho los ejemplos huelgan en abundancia. No es exclusivo de esta administración ni mucho menos. Por eso menciono que tales actitudes son propias de un legado que no logramos superar. El liderazgo que predomina también es prisionero de esta herencia. De hecho nadie quedamos ajenos al atavismo mencionado.
Aunque a algunos les pareciera innecesaria la descripción del entorno histórico apuntado. A mi juicio su importancia radica en la reiteración que tiene tal práctica. El país, nosotros, la población tenemos el derecho de demandar del conjunto de personas que asumen ser líderes de la acción y gestión política, de los poseedores de la incidencia en el desarrollo económico y en el liderazgo social, un inminente y pronto cambio de actitud para propiciar cambios. No se trata de hacerle el favor a los gobernantes de turno. Se trata sí, de asumir con hidalguía y madurez la posibilidad que se piense en todos nosotros sin los arrebatos propios de pensar solo en sí mismos. De eso ya hemos tenido suficiente. Demasiado.
Este llamado mío, evidentemente no es exclusivo. Ya otros, con palabras diferentes lo han efectuado recientemente. Se han formulado planteamientos para que se invite a las denominadas cúpulas del ejercicio del poder (en todas sus expresiones), para entablar un acuerdo que pueda tener alcance nacional y que en efecto pueda redundar en una significativa disminución del impacto de la violencia imperante. Este tema no debe caer en el ámbito de un diálogo de sordos. De esas experiencias ya hemos tenido suficientes también. Un toque de humildad, mucha entereza para flexibilizar criterios y abordar con seria visión de futuro la forma de defendernos es un imperativo que mientras más demore en ser implementando, lastimosamente, más familias se verán de luto. Porque lo otro, sería acudir con pronto requerimiento hacia el poder yanqui y decirles que al fin y al cabo el problema es de ellos, pues sus habitantes son los que consumen las drogas que originan el objeto de tanta disputa en estas áreas. Que somos nosotros los que ponemos un tipo de muertos, por esos muertos vivos que consumen tantos estupefacientes para olvidarse de cómo y por qué son los «dueños» del planeta.