«Las mujeres no viven las opresiones de forma jerarquizada.»
Aura Cunes, investigadora de FLACSO
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Soy parte del 49 por ciento de la población guatemalteca que por cuestión de género me encuentro en situación de bienestar. La historia, la cultura y la sociedad, en general, están de mi parte. Si las cosas siguen como hasta hoy, tengo mayores posibilidades de ser presidente de la República, diputado al Congreso, ministro de Gobierno, alcalde y jefe del hogar, entre otras cosas. En religión, incluso, tengo la oportunidad de convertir el pan y el vino en cuerpo y sangre, y con un golpe de suerte, hasta podría ocupar la silla papal de Roma.
Si alguien ejecutara mi asesinato, la tendría más o menos tranquila con varias onzas de plomo dentro de mi cuerpo, pero son ínfimas las posibilidades de ser violado, torturado, golpeado y degollado antes de dar el último aliento.
En uno de los últimos cursos de magisterio, una catedrática intentó abrirnos bien los ojos y lanzó una pregunta al escuadrón de hombres a los que debía enfrentarse todos los días. «Â¿Han pensado cuántas mujeres son violadas todas las noches por sus propios maridos?». Me dejó perplejo, pero sin duda, fue la primera vez que tuve la oportunidad de reflexionar sobre la situación de opresión en que se encuentra el otro cincuenta y uno por ciento de la población guatemalteca. Desde entonces, las posibilidades que poseo únicamente por ser hombre son motivo de vergí¼enza.
Ahora he visto con mayor atención a la mujer que luego de conocerle la sonrisa apareció tirada en un matorral sin ningún rastro de vida, la que fue golpeada por su esposo y otra por su novio, la que no logró un puesto de trabajo por su sexo, la que se quedó con ganas de estudiar mecánica porque este oficio es para los machos, la que fue obligada a casarse con su violador y la que se deshace en el campo durante toda una jornada pero por ley no es considerada como trabajadora.
«No son los mismos los aspectos de dominación sobre los cuerpos de las mujeres que sobre los cuerpos de los hombres», aseguró la investigadora Aura Cunes durante un foro. Los hechos le dan la razón pero no así la mayoría de personas que ocupan los principales puestos de decisión.
Las políticas públicas destinadas a disminuir los índices de violencia contra la mujer no son la prioridad dentro del Congreso, y las instituciones a cargo del Ejecutivo tampoco han sumado esfuerzos.
No se trata de soñar. Es necesaria la voluntad política y la implementación de medidas afirmativas que impidan la generación de la desigualdad y la violencia a partir de la diferencia de sexos. Este 25 de noviembre, Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer, es una buena oportunidad para preguntarnos cuántas veces las mujeres guatemaltecas han sido violadas por esta sociedad machista y patriarcal, y cuántas veces está en nuestras manos impedirlo.