En 1987, es decir, hace 20 años, regían los cinco países centroamericanos los presidentes Vinicio Cerezo; el hondureño José Simón Azcona; Daniel Ortega, en Nicaragua; el tico í“scar Arias, y Napoleón Duarte en El Salvador.
Con excepción de Costa Rica, las otras naciones del área encaraban serias dificultades sociales, pero especialmente sangrientos conflictos bélicos. Los ejércitos de Guatemala y El Salvador libraban guerras internas contra los insurgentes de la URNG y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, y el régimen sandinista de Nicaragua estaba sometido a la fuerte presión política y militar de Estados Unidos, favorecido por la sumisa colaboración del entonces presidente hondureño, cuyo territorio se convirtió en la principal base de operaciones de los contras nicaragí¼enses.
Desde inicios de su administración, el presidente Cerezo, contando con la valiosa participación del vicepresidente Roberto Carpio Nicolle, dio muestras de intentar resolver el llamado conflicto armado interno mediante el inicio de negociaciones con las fuerzas insurgentes; pero a sabiendas de que la guerra en Guatemala no podría solventarse por medios políticos, en tanto prosiguiera la lucha armada en El Salvador, y que Nicaragua estuviera acosada por los mercenarios financiados por Estados Unidos.
Cabalmente por ello, Cerezo tomó la iniciativa de convocar a sus homólogos del Istmo, primeramente en junio de 1986, en la ciudad de Esquipulas, con el fin de plantear a sus pares la necesidad de buscar rutas alternas a la vía armada, en un esperanzador proyecto de alcanzar la pacificación en el área centroamericana, habiéndose firmado el Acuerdo de Esquipulas 1, marcado por el escepticismo de los restantes cuatro mandatarios, pero especialmente con la reticencia del presidente Arias.
Sin embargo, impulsado por el vicepresidente Carpio, Vinicio Cerezo no cejó en su empeño, pese a la oposición de militares de línea dura, políticos derechistas de la oposición y de la propia DC, y del empresariado conservador. De esa cuenta, logró reunir de nuevo a sus homólogos en la misma ciudad oriental de Chiquimula, en agosto de 1987, cuando se firmó el Acuerdo Esquipulas II, que incluía procedimientos para establecer la paz firma y duradera en Centroamérica, comenzando con frenar el ímpetu guerrerista de quienes pretendían la descarada invasión a Nicaragua, desde Honduras, con el soporte norteamericano, reiterando lo ocurrido en Guatemala en 1954.
Fue, pues, el presidente Cerezo el iniciador y el constructor de los Acuerdos de Esquipulas, que, entre otros frutos, dieron vida en Guatemala a la Comisión Nacional de Reconciliación ?como en otros países del Istmo- que bajo la guía del ahora cardenal Rodolfo Quezada, desempeñó determinantes funciones para que, finalmente, se firmaran los Acuerdos de Paz, en 1996.
El mandatario guatemalteco de 1987, en sus afanes de evitar la invasión a Nicaragua y de buscar la paz en toda la región, especialmente en nuestro país, no lo hizo motivado por ganar protagonismo internacional ni reconocimiento de otros gobiernos u organismos mundiales; mientras que el presidente Arias, con la astucia que le caracteriza, comenzó, desde que se vio obligado a descender de su pedestal costarricense a sentarse con los presidentes de los incultos y atrasados pueblos del resto de Centroamérica, a sentar las bases que le sirvieran para alzar la mano que habría conducido la paz en el área.
Adicionalmente, Costa Rica contaba con un eficiente equipo en su ministerio de Relaciones Exteriores, y el régimen demócrata cristiano de Guatemala en el campo internacional sobresalía por su torpeza. Era canciller el señor Alfonso Cabrera.
Al presidente Arias le resultó fácil impresionar a naciones y organizaciones cooperantes europeas preocupadas e interesadas en el cese al fuego en Centroamérica, y de esa forma pudo obtener el Premio Nobel de la Paz, mientras que el presidente Cerezo no logró ni siquiera el reconocimiento de sus compatriotas a sus esfuerzos para la pacificación en Centroamérica y por haber abierto las puertas y ventanas que iniciaron las negociaciones que terminaron con la guerra interna.
En consecuencia, como lo propone el presidente í“scar Berger, en Guatemala debe celebrarse el X aniversario del Acuerdo Esquipulas II, y no en Costa Rica, donde nos siguen viendo con expansivo desdén.
(Romualdo Tyko cuenta que el ex presidente Abel Pacheco, sucesor y antecesor de í“scar Arias en la culta Costa Rica, a preguntas de un cronista deportivo, declaró: «He observado que cuando nuestra selección anota menos goles que el rival, casi siempre pierde»).