Incuestionablemente, Guatemala es un país inseguro, al menos por ahora, para los nacionales y para los extranjeros que viven aquí o que permanecen como turistas o en vía de negocios.
La inseguridad personal abarca ya no pocas décadas y ha venido agravándose hasta estos días, a pesar de que la policía, últimamente actuando con la cooperación de elementos del Ejército Nacional, han realizado los operativos que exigen las circunstancias prevalecientes, en los diferentes lugares de la república.
El gobierno que acaba de constituirse bajo la presidencia del general Otto Pérez Molina está adoptando medidas orientadas a combatir la criminalidad y la delincuencia en todos sus aspectos, pero apenas va comenzando la dura tarea.
La impunidad, considerada como una de las consecuencias de la flojera de los Tribunales de Justicia de las diversas jerarquías, viene siendo un factor de estímulo para los enemigos de la ley, y eso explica el que se haya llegado hasta lo que se está viendo y sintiendo y sufriendo entre casi toda la población.
Será punto menos que imposible que el actual régimen gubernamental pueda de inmediato restablecer el orden, la seguridad y la paz en el seno de la sociedad, y es que las raíces de tan grave situación tienen una profundidad como hasta la pirosfera.
La gente que se ha trepado a lo alto del aparato burocrático después de los ya lejanos días de la Revolución de Octubre de 1944, como lo hemos dicho en alguna ocasión, se ha dedicado, más que todo, a disfrutar el poder a más no poder, sobre todo a amillonarse de la noche a la mañana, como suele decirse, incluso deshonestamente.
En todos los departamentos del territorio nacional se registran cada día casos de delincuencia por demás horrendos. Muchas personas han llegado a la desesperación y a tomar decisiones para evitar ser víctimas de la violencia criminal. Muchas, también, han tenido que abandonar sus casas para luego irse a lugares que puedan reunir condiciones de seguridad hasta donde eso sea factible, aunque estamos viviendo una situación de suyo difícil. ¡Ya no es creíble ni la paz de los sepulcros!, como dijo el poeta.
Hay en el país lugares sumamente peligrosos en los que no se puede vivir y trabajar con tranquilidad y seguridad. ¡Son, virtualmente, lugares abióticos! Cierto es que infunde optimismo y confianza el combate emprendido por los hombres que están protagonizando el actual orden de cosas.
Un ejemplo de lo que acontece en cuanto a inseguridad de los seres humanos y de sus bienes patrimoniales lo tenemos, obviamente, en Villa Nueva, donde, al igual que Mixco y otros municipios que se hallan en las goteras de la metrópoli capitalina, casi tragados ya, no ofrecen garantías ni para vivir ni para realizar actividades de tipo industrial y comercial, porque tirios y troyanos andan (o andamos) a salto de mata y viendo nerviosamente para un lado y para otro por temor a ser asaltados y agredidos por los ladrones y asesinos.
En el vecino municipio –Villa Nueva– los hechos de sangre, macabros, se están cometiendo con saña. Los cuerpos de las víctimas de las bestias de dos patas aparecen en calles, cunetas de carreteras y en cualesquiera otros sitios terriblemente acribillados a balazos, macheteados, decapitados, con las manos atadas hacia atrás, amarrados de las extremidades inferiores y golpeados horriblemente.
Los autores responsables de tan nefandos crímenes, si es que los ponen a buen recaudo las autoridades, deberían sufrir penas máximas, muy drásticas, para que no reincidan al salir de las ergástulas y, a la vez, para que pongan las barbas en remojo los bandoleros en potencia.
Hay un clamor generalizado en la sociedad, en el sentido de que debe aplicarse la pena capital; para ello es menester, dícese en cadena, mandar al diablo el convenio que en San José, Costa Ricas, fue suscrito en mala hora en nombre de Guatemala por un gobierno complaciente, convenienciero, de nuestro país. De no ser así, seguiremos de mal en peor asistiendo a la fiesta brava de los pícaros que andan sueltos por todos lados como los rabiosos perros callejeros…
Puede decirse que ni el más fiero dictador y tirano sería capaz de solucionar fácilmente el problema tan serio que se está padeciendo en nuestra pobre patria, pero por lo menos es comprensible que afrontarlo con toda determinación hasta desarraigarlo o siquiera reducirlo a mínima expresión poco a poco, valdría para que la sociedad pudiese respirar de alivio en el ámbito nacional.
Por de pronto hay que esperar los resultados de lo que se está haciendo. Demos tiempo al tiempo. No nos precipitemos ni olvidemos que no es lo mismo verla venir ¡que venir del brazo con ella!!!