VIH y sida IV


En el ámbito social, especialmente en los paí­ses no desarrollados, como Guatemala, el problema es mucho más profundo para quienes padecen de la infección de VIH. La discriminación es automática. Los grupos sociales sacan de sus cí­rculos a las personas que saben que lo padecen y en consecuencia, quienes saben que son portadores, hombres y mujeres, lo mantienen en secreto para evitar ser marginados, perder amistades, perder clientes, perder trabajos etc.

Roberto Arias

Esta actitud del conglomerado social no infectado, tiene como resultado un mayor crecimiento de personas infectadas, porque quien padece del sí­ndrome VIH o ya desarrolló el sida se resiste a comunicarlo y… allí­ el peligro.

Quizás lo más dramático, lo que más toca el espí­ritu humano en sus ignotas profundidades, es el padecimiento del VIH y sida en los niños y niñas que contraen la enfermedad en el momento de nacer, generalmente por contagio de la madre y, desde ese momento deben cargar, junto con su inocencia, con uno de los más grandes flagelos que han azotado a la humanidad desde que ésta puso pie sobre la tierra.

Antes de escribir esta serie de artí­culos tuve oportunidad de visitar el Hospicio San José, en el kilómetro 28.5 de la carretera a Bárcenas, en Santa Lucí­a Milpas Altas, Sacatepéquez. Este Hospicio es realmente un hospital especí­ficamente para el cuidado de niños (as) y algunos ancianos (as) con VIH o sida. Hablé con una paciente anciana, indí­gena, quizás en la última fase del sida, quien casi no hablaba español. La pobre mujer no tení­a idea de qué le habí­a pasado, ni que estaba infectada, hasta que los médicos del Quiché lo detectaron y la enviaron al Hospicio.

Las violaciones a mujeres por hombres civiles y militares es una constante causa de infección.

El hospicio, situado en un clima y un panorama envidiables, se yergue en un edificio moderno de un piso, con comodidades, servicios y medicinas para los seropositivos. Allí­ tiene el visitante la oportunidad de relacionarse con los pacientes. Los niños y niñas son muy educados. Son finos, cariñosos y agradecidos. Una niñita como de 5 años se me «pegó» con una especie de amor a primera vista.

Cuando la tomé en brazos me besuqueó como si yo fuera el último humano en el universo y me hizo sentir una emoción extraña y profunda. Su infección, aunque totalmente invisible, contrastaba abismalmente con su innata alegrí­a e infantil inocencia. Sus fulgurantes ojos negros y su algarabí­a llena de vida y de esperanza, su piel morena clara y su cabello negro y lacio, como una catarata de azabache sobre su cabeza, no predecí­an nubarrón alguno en su niñez? su adolescencia, su noviazgo, su carrera académica o su matrimonio.

Sin embargo, dentro de la emoción extraordinaria que me embargaba, mi pensamiento derivó hacia la vida futura de tan preciosa niña. La sociedad guatemalteca a esta inocente criatura, con mucha posibilidad le negarí­a el derecho humano y constitucional de ser feliz; de desarrollarse como una persona normal, por el simple hecho de llevar el estigma de ser, sin culpa alguna, portadora del VIH y, quizás mucho más adelante, de tener sida.

Grandes segmentos de la sociedad guatemalteca viven inmersos en los últimos avances tecnológicos, pero desgraciadamente padecen de miopí­a. No logran ver o creer la ineludible presencia del VIH sobre la Tierra. Deben estudiar, aprender y abrir su mente para lograr encontrar la luz del verdadero desarrollo: La verdad.