El 29 de diciembre de 1996, con la pompa del caso, se firmaron en la ciudad de Guatemala los Acuerdos de Paz producto de una prolongada negociación entre el gobierno y la guerrilla. Se puso fin al conflicto armado interno cuyo inicio muchos sitúan al principio de los años sesenta y que dejó una cauda tremenda de dolor y luto porque miles de personas murieron en medio de un enfrentamiento que sacó a flote tremendas diferencias existentes en el seno de la sociedad guatemalteca.
ocmarroq@lahora.com.gt
La firma de la paz, sin embargo, marcó el cese al fuego que terminó con la violenta confrontación ideológica y de alguna manera se puede afirmar que las viejas angustias y discrepancias entre guatemaltecos se pusieron a dormir. El ambiente de paz permitió nuevos debates y el abordaje con menos radicalismo de temas importantes para intentar la construcción de una sociedad diferente. Los radicalismos entraron en esa etapa de sopor y letargo porque se volvió políticamente incorrecto recurrir a las viejas formas de intransigencia e intolerancia que fueron características del conflicto que nos ensangrentó.
Temas como la democratización y los derechos humanos, el fortalecimiento del poder civil y la funciones del Ejército en la sociedad democrática, la identidad y derechos de los pueblos indígenas y los aspectos socioeconómicos y la situación agraria se empezaron a discutir abiertamente sin que el debate fuera causa de enfrentamientos violentos entre quienes sostienen puntos de vista diferentes. El debate nacional en los medios de comunicación fue mucho más amplio y, aunque con profundas diferencias de enfoque, hubo mucha mayor tolerancia para la discusión y respeto a ideas contrarias.
Por supuesto que desde la firma de la paz han surgido temas que se vuelven extremadamente polémicos y que de una u otra manera advierten sobre las diferencias profundas. El más reciente caso lo encontramos en la propuesta de una Ley de Desarrollo Agrario que tiene fundamento en los mismos acuerdos de paz, pero cuya iniciativa en el Congreso de la República levantó una polvareda que nos recordó el origen de nuestros conflictos y de nuestras ancestrales discrepancias respecto a la visión que tenemos del país.
Pero lo que sacó de su letargo a las gentes más radicalizadas fue el inicio del juicio por genocidio al general Efraín Ríos Montt. Literalmente ese proceso judicial es el que nos coloca de cara a la plena y más absoluta vigencia de Augusto Monterroso porque el juicio despertó a Guatemala y, cuando despertó, pudo comprobar que “el dinosaurio todavía estaba allí”. La vieja pasión y los antañones radicalismos que tanto daño hicieron al dividirnos violentamente volvieron a aparecer como ese dinosaurio que tanto daño nos ha hecho, un dinosaurio que, según recuerdo haber leído alguna vez en un estudio que se hizo sobre el cuento más corto del mundo escrito por Monterroso, encarna la barbarie y la sinrazón.
Y es que ha resurgido el apasionamiento que obnubila a tirios y troyanos para impedir el uso de la razón en un debate que tiene que ver con nuestra historia. Vuelven a resurgir viejos dogmas, concepciones que aparecían olvidadas que nos hacen ver enemigos en todos lados y que impiden que se pueda intentar un sereno análisis de nuestra realidad. El dinosaurio ciega a la izquierda y a la derecha porque no les impide ver más allá de su obtusa y sesgada percepción, pero además de cegarles, tiene ese ingrediente de barbarie que supuestamente habíamos enterrado en 1996 cuando se firmó un acuerdo para alcanzar una paz firme y duradera.
Hoy, como si fuera un terremoto, un juicio nos despertó abruptamente y nos sacó del letargo. Y como dijo Monterroso, cuando eso ocurrió fue para ver que el dinosaurio todavía está allí. Y allí se quedará, creo yo.