Decía mi admirado maestro de Derecho, el licenciado Carlos Palma, que las esquinas tienen tiempo y tienen geografía… En el momento final del trayecto de la vida, se asoma la osiriana piramidal esquina egipcia con su helado ángulo de metafísico vacío. Entonces quién y qué pueden impedir el viraje en la definitiva esquina. ¿Adónde? Dichoso aquel que al cruzarla lo hace serenamente preparado para poder pasar por la fría arista de la última esquina… sonriendo.
El 19 de mayo, en Sacapulas, se fue el «Viejo», mi querido amigo, Maestro Raúl Aquiles Marroquín Paz. En 1953, cuando ingresé a la gloriosa Escuela Normal Central para Varones, él era el Presidente de la República Escolar Normalista, una modalidad de autogobierno que alentaba desde la Dirección del plantel, el maestro Francisco Herrarte Lemus; y desde el Ministerio de Educación, el maestro Mardoqueo García Asturias. Se graduó en 1953, en la promoción Antonio Pardo, que en el 2003 cumplieron sus Bodas de Oro. Gracias al entusiasmo del normalista y médico, Haroldo Corado de la Vega, «Pichicho», se publicó una revista sobre ese cincuentenario, en donde hay fotografías del Viejo Marroquín: tomando posesión de la Presidencia de la República Escolar, actuando con el teatro de títeres y una con Otto René Castillo, en una mañana deportiva… En fin, toda una vida de normalista distinguido. Al graduarse, se fue a la provincia a educar, como al año siguiente lo hizo Luis Alfredo Arango. Cuando en 1958 llegué a la Residencia Universitaria, en la 15 calle y 9ª. Avenida de la zona 1, coincidimos en el mismo dormitorio: Raúl Aquiles estudiando Pedagogía en la Facultad de Humanidades, Pablo René Recinos estudiando Medicina y yo en el asunto de las leyes. En ese primer año universitario, Pablo René dependía de su bondadoso hermano, Tomás; y yo, de una ayuda que me daba el Colegio de Abogados, conocida como beca Filadelfo Salazar. Así fue como se dio la solidaridad del querido Viejo, que mantenía surtido su armario con dentífrico, jabón de olor y betún para lustrar zapatos: café y negro. í‰l tenía trabajo en el Grupo Escolar Centroamericano, que dirigía la distinguida maestra Elvia Escobar Quintana, y con su sueldo, el Viejo nos sostenía esas necesidades. Por eso y por muchas otras cosas, forjamos una gran camaradería; una sólida amistad de hermanos.
Raúl Aquiles Marroquín Paz fue un notable Maestro. Con él laboré como docente de Primaria en el Grupo Escolar. De esa escuela pública recuerdo a Tinita Chur, a doña Amalia, esposa de Parrilla Barrascut, a la seño More, a Mirta Mora Gil; en fin, tantos maestros y tantas maestras de renombre. Después, Raúl Aquiles pasó a la asesoría educativa en distintos programas del Ministerio. Cuando llegó el día, fue distinguido con la Orden Francisco Marroquín, y al Palacio llegamos a unir nuestro aplauso por el acierto al condecorarlo.
Al jubilarse, se regresó a su pueblo: Sacapulas, en Quiché. Allí fundó un periódico y lo mantuvo mientras sus dolencias no se agravaron. Con Pablo René lo fuimos a ver a ese pueblo recostado en las riberas del Río Negro. Aún estaba bien, aunque la osteoporosis ya minaba su salud. Nos jugamos las bromas de antaño, nos cruzamos un par de etiquetas negras, nos tomaron unas fotos y nos hartamos de pepián colorado, cocinado por su esposa. Esa vez fue la última oportunidad que tuvimos para demostrarnos nuestro cariño. Después, sólo el teléfono; y de último, quizá, sólo la telepatía. Si en verdad cuento con amigos, amigos, ayer se me fue uno de ellos: el Maestro Raúl Aquiles Marroquín Paz. Descanse en paz, Viejo, mi querido Viejo.