Vieja religión brasileña se siente amenazada


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Rosa Cardoso tiene 89 años y ha practicado la religión afro-brasileña umbanda casi toda su vida, pero sigue haciéndolo a escondidas.

Por JULIANA BARBASSA

La casa de Cardoso en una transitada calle comercial de Rí­o no muestra signo alguno de ser un templo y desde afuera parece casi abandonada.

Adentro, el altar principal tiene una imagen de Jesús de tamaño real, flanqueada por otras de Santa Bárbara y la Virgen Marí­a. Debajo del altar, fuera de la vista, hay sí­mbolos y artefactos que representan la imagen católica de los orixas –dioses de ascendencia africana–, que se pueden ver cuando se abren unas puertas de madera con listones. La tradición comenzó cuando los esclavos decidieron incorporar imágenes del catolicismo para hacerles creer a sus amos que se habí­an convertido a esa religión.

Si bien se calcula que hay por lo menos 400 mil brasileños que practican la religión, siguen enfrentando prejuicios que contradicen la imagen de tolerancia racial y religiosa que tiene Brasil.

La intolerancia e incluso hostilidad hacia la umbanda y otras creencias de origen africano como el candomblé estuvieron en el candelero recientemente como consecuencia del clamor de personas que denunciaron la demolición de una casa que se supone es el sitio donde nació la umbanda.

Paralelamente, el dueño de otro templo umbanda en la misma ciudad, Sao Goncalo, del otro lado de la bahí­a de Rí­o de Janeiro, trata de evitar que su terreno sea convertido en un centro deportivo.

Cardoso dijo que nunca baja la guardia para protegerse de posible actos de intolerancia en este paí­s de 190 millones de personas, predominantemente católico y en el que crece a paso acelerado la presencia de los pentecostales.

Muchos en Rí­o conocen los nombres de algunos orixas y miles de creyentes van a las playas el dí­a de Año Nuevo vestidos de blanco para hacer ofrendas a la diosa de los océanos, Iemanja.

No obstante, abundan quienes creen que umbanda y candomblé son formas de brujerí­a y a los fieles les cuesta admitir públicamente que son creyentes. En partes del paí­s la umbanda estuvo prohibida hasta la década de 1950 y en las tres décadas siguientes los fieles tení­an que registrarse con la policí­a.

Una tarde reciente, en la casa de Cardoso, una mujer joven con un largo vestido blanco se paró en una estrella de seis puntas en el centro de una habitación, serena a pesar del ruido de tamboriles, los cánticos y un intenso humo de incienso.

De repente, se desplomó. Se volvió a levantar, ahora con aspecto de mujer anciana con la espalda arqueada; sus dedos estaban retorcidos, como si tuviese artritis, y su rostro parecí­a demacrado, con la boca fruncida y los ojos torcidos. La voz se le quebraba a medida que se desplazaba por la sala, arrastrando los pies y bendiciendo a los participantes en la ceremonia.

Comenzó así­ la noche de los «pretos velhos», o los negros viejos, en un templo umbanda de Rí­o de Janeiro. Pronto, los «hijos» e «hijas» del templo estaban incorporando, según su creencia, los espí­ritus de antepasados negros sabios.

Estos espí­ritus son una deidad entre muchas en esta religión tí­picamente brasileña, que sobrevive pese a haber sido proscrita hasta la década de 1950 por las autoridades católicas. La constitución aprobada en 1989, tras una dictadura militar, garantiza la libertad de credo, pero los fieles de esta religión dicen que aún hoy se sienten desdeñados y son blanco de un intenso prejuicio que pone sus vidas y sus templos en peligro.

Informes policiales indican que los devotos a religiones afro-brasileñas denuncian un promedio de 100 incidentes de abuso fí­sico o verbal al año debido a su fe tan solo en el estado de Rí­o de Janeiro.

Otro informe de una organización brasileña que lucha por la libertad de credo –que fue enviado al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas– detalla 39 casos de discriminación en todo el paí­s en el 2009. Los casos abarcan desde la negativa de un banco del estado de Minas Gerais a abrir una cuenta para una agrupación religiosa afro-brasileña hasta la destrucción parcial de un templo candomblé en el estado de Bahí­a. Los dos episodios, ocurridos en el 2008, siguen siendo investigados.

En octubre, la vivienda donde se realizaron los primeros rituales umbanda en 1908 fue destruida. Se encontraba en una propiedad privada, pero la alcaldesa no hizo nada por protegerla por su valor histórico cuando activistas que promueven la tolerancia religiosa le informaron de su importancia. Rechazó incluso pedidos de esas organizaciones para reunirse con ella.

La alcaldesa Aparecida Panisset autorizó la demolición de otro sitio de reunión umbanda en la misma ciudad de Sao Goncalo para construir un centro deportivo pese a que la municipalidad no tiene los permisos correspondientes. El caso está en los tribunales.

La funcionaria no respondió a varias llamadas y correos electrónicos de la Associated Press en busca de comentarios. Los documentos presentados por la municipalidad en los tribunales no mencionan un templo ni el nombre del dueño del edificio. Solo dicen que se trata de una construcción «en mal estado de preservación» y que la zona tiene poco valor inmobiliario. El dueño del edificio, por su parte, afirma que ningún funcionario municipal inspeccionó la propiedad.

Un informe municipal del 2011 indicó que en la ciudad de Rí­o de Janeiro solamente hay 847 templos umbanda, aunque no es fácil distinguirlos.

Si bien la religión tiene poco más de un siglo, incorpora viejas tradiciones del catolicismo, las creencias que trajeron los esclavos procedentes de Nigeria, la espiritualidad de los indí­genas nativos y las enseñanzas del espiritualista francés del siglo XIX Allan Kardec.

El candomblé, otra religión afro-brasileña muy popular, inspirada mayormente en las creencias de ífrica occidental, padece prejuicios similares.

«Umbanda es hostigada por otras religiones, por el estado y por la policí­a», comentó Fernando Altemeyer, profesor de teologí­a de la Universidad Católica de Sao Paulo. «Tiene estos elementos del catolicismo, pero no es católica; del espiritualismo, sin seguir exactamente las creencias de Kardec. Nadie se siente identificado con ella».

Los brasileños a menudo se enorgullecen de su diversidad racial, cultural y religiosa, y en Rí­o abundan las referencias a los orixas, los dioses africanos de las creencias umbanda y candomblé.

En tiempos recientes, no obstante, el paí­s comenzó a reconocer las fisuras que hay en esa reputación y aumentaron las denuncias de persecución de los practicantes de umbanda y candomblé, paralelamente con la presencia y la fuerza de las religiones pentecostales en Brasil, según Altemeyer.

«Siempre se habla de ‘librarlos de las garras del diablo’, de convertirlos», expresó Altemeyer. «Las acciones evangélicas en este terreno son muy importantes».

«Desde la esclavitud, estamos acostumbrados a ser maltratados y a mantener la boca cerrada para sobrevivir», declaró Cristiano Ramos, el lí­der del templo umbanda de Sao Gonzalo en peligro. «Pero eso no quiere decir que no vayamos a resistir. Llevamos aquí­ muchos siglos, y vamos a seguir aquí­».

La casa la heredó de su padre, otro sacerdote umbanda que en 1947 adoptó el espí­ritu de una deidad indí­gena, el indio con una Pluma Dorada, que da su nombre al templo, el cual funciona desde hace 40 años.

La Comisión Contra la Intolerancia Religiosa, una organización de Rí­o sin fines de lucro, trata de construir un museo umbanda en el que sitio que ocupó el primer templo de esa religión, también en Sao Goncalo. Su propietario demolió el edificio para construir un depósito.

La alcaldesa no se reunió con los miembros de la comisión que querí­an que al sitio se lo catalogase de monumento histórico. Tampoco respondió a su pedido de construir un museo en el lugar, según Ramos.

Ramos dice que quiere que se construya un museo y que la religión umbanda sea considerada una fe contemporánea, que se practica en casas como la suya.

«No estoy preparado para poner mi casa en exhibición», señaló. «Mi casa es una vivienda activa. Estamos allí­, expresando nuestra fe con nuestros orixas, respetando a los demás. Queremos que nos den el mismo respeto».