Como lo apuntamos en columnas anteriores, los lieders alemanes fueron las canciones íntimas que conmovieron el mundo musical de Schubert en la fase final de su vida. Tanto es así, que el 4 de noviembre de 1828 rogó a W. Sechter que le aceptase como alumno en su curso de contrapunto. Se sentía, sin embargo, muy enfermo, tanto, que a la semana siguiente se le declaró el tifus. Murió después de una penosa agonía y de haber recibido los últimos sacramentos, el 19 de noviembre de 1828. Grillaparzer compuso su epitafio: “La muerte ha enterrado aquí a un hombre ricamente dotado y con mejores esperanzas todavía”.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela
Finalmente, podemos señalar que la vida de Schubert es un ejemplo de creatividad, tesón y profunda lucha consigo mismo en una encrucijada de caminos de la historia: El Siglo de las Luces y el inicio del Positivismo.
En tal sentido, Franz Schubert, el tímido y también incomprendido compositor alemán, fue contemporáneo de Beethoven y su más grande admirador. Las composiciones de Schubert son puro sentimiento, el alma a flor de piel, contrario a otro compositor que veremos más adelante: Brahms el intelectual.
Por el momento, continuaremos en esta columna, con el estudio de la obra del genial Schubert, para penetrar en su espíritu romántico comparándolo con la vida del maestro venerado y amado: el inmenso Ludwig van Beethoven, cuya música es fiel testimonio del sonido de Casiopea dorada, la inefable e inextinguible amorosa estrella-mar, unicornio de miel y sonido de plata élfica.
Por otra parte, una de las más hermosas, profundas y fecundas vidas del arte musical occidental, se encuentra en la fulgurante y veloz vida y obra de Franz Schubert, el tímido y huidizo músico vienés de principios del siglo XIX, que apenas si traspasó los umbrales de su propia ciudad. El humilde y paupérrimo Schubert es quien exalta con todas sus fuerzas y pureza de espíritu, el ensueño y la dulzura del Siglo de las Luces y que han quedado plasmados en sus exquisitos lieds.
En contraposición a su admirado Ludwig van Beethoven, como vida paralela, el pequeño Schubert huyó de las grandes pasiones y se refugió en su propia alma, tanto que murió soñando melodías. De ahí que su obra haya sido olvidada tan rápidamente después de su muerte en 1828, y aún hoy, sea un desconocido en el arte musical, cuando en realidad es el verdadero titán de los soñadores, poetas y almas atormentadas por el sentimiento. Es el Señor de los Ensueños.
Por ello, Francia fue uno de los primeros países en admirar y acoger las obras de Schubert. Desde 1829 el cantante J. Wartel hacía aplaudir sus lieds en los salones parisienses. “Jamás –dice un poco más tarde un alemán–, jamás olvidaré la manera como Nourrit canta “El Rey de los Abedules…” Entre 1830 y 1850, Schubert estuvo completamente de moda en la Europa Central. Desde entonces, se le ha olvidado un poco y cuando se vuelve a él, no se hace siempre gastando el esfuerzo necesario para comprender y sentir dignamente, el acento romántico de su música y su fuerza trágica.
Es preciso penetrar al fondo, por encima de las formas fáciles de su arte. Es preciso descorrer el gracioso velo que oculta impresiones extremadamente profundas. Es preciso inclinarse sobre el abismo. Esta alma de niño tiene un fondo espantoso, visiones fantásticas, tristezas inmensas, desgarramientos infinitos. Es necesario llegar a lo íntimo de este gran romántico, para revivir en nosotros su concentrado ensueño, en el cual se entremezclan tiernas imágenes y tenebrosos fantasmas.
Schubert es, antes que nada, el regocijado, el espiritual y sentimental vienés. No es más que esto.