Continuamos este Tema Musical del día sábado, con la segunda parte y final sobre estos dos grandes maestros de la música y el lied alemán y entendiendo también que el tiempo es digno marco sonoro para Casiopea, esposa de miel, alondra de ámbar de quien aprendí el lenguaje del agua y la flor, porque de sus ojos de miel brota el secreto de la luz, quien es lumbre de mi alma y riega fuego élfico en mis venas. Continúa Camille Mauclaire diciendo:
Universidad de San Carlos de Guatemala
«No nos burlamos de esos ramitos sentimentales; no riamos de las flores secas que encontramos, atadas con una cinta descolorida, en los cajones de las casas antiguas. No nos chanceemos con ironía fácil y brutal de los motivos de tapicería y de los remates de reloj que fueron poemas amados por nuestras abuelas; eran poesía viva e hicieron latir los corazones generosos y los ojos encantadores de la época de Hermann y Dorotea, de Atala y de Eloa, y si vemos que algunos jóvenes escritores restituyen a Bernardín de Saint-Pierre y a Mme. Desbordes-Valmore el más legítimo y aún el más afectado de los cultos, desconfiemos de hacer burla de los pontífices, pues ¿qué será de los nuestros, que no tienen un Schubert para perpetuarlos, y con qué sonrisa los refinados y los exigentes de aquí a cincuenta años acogerán lo que de nuestras tendencias nos parece lo menos vulgar y lo más expresivo?
No hizo falta más a Schubert para revelar todo su encanto y todas sus facultades de expresión dramática, aunque sean de tonalidad moderada la melancolía y el dolor expresados en La hermosa molinera. Lo que da más valor a esa música es la fresca impresión de la naturaleza. Los primeros cantos son verdaderas canciones populares, con ideas claras y alegres y de una sencillez casi vulgar, porque está en escena un joven campesino. Pero, desde el momento en que triunfa el amor del joven molinero, se eleva el tono.
Es el alma humana que se exalta y se desconsuela, sin distinción de cultura o de casa, porque el lenguaje de la alegría o de la pena de amor es eterno para todos. La línea sigue siendo sencilla, el acompañamiento no está recargado, pero se siente en todo momento la fuerza sobria y concentrada del gran pintor de los movimientos del alma, y la forma, la escritura, el estilo psicológico, la gradación de los efectos, son desde aquel momento, hallazgos originales de Franz Schubert. En El viaje de invierno, La joven religiosa y la Oda a la lira encontramos a Schubert en plena madurez trágica, el Schubert pensativo y profundo.
Schubert en efecto, como todos los verdaderos genios líricos, tuvo el doble don de la potencia y de la ligereza, del dolor y del capricho, y en esto tuvo muchos puntos comunes con Alfredo de Musset. Los seiscientos lieder de Schubert constituyen una literatura musical completa del pensamiento. Más no hallaremos en ella ese orden de emociones y de sensaciones que nos reveló Schumann y que le aseguraron, después de su ilustre predecesor, una originalidad no menos profunda; quiero decir, esas ansiedades, esas sutilezas, esas fantasías, esas inquietudes tan inquietantes que la neurosis inspiró a Schumann y por lo que puede decirse de él, como de Baudelaire, que creó un frisson nouveau, un escalofrío nuevo. Nada de eso hay en Schubert; éste es la salud misma, y no se observan en él, en ninguno de los sentimientos que experimenta con franqueza profunda y espontánea, esas dudas secretas, esas interrogaciones insaciables, esos matices indefinidos y complicados que preocupan a los artistas de alma enfermiza.
Recordaré las dos expresiones alemanas que caracterizan las dos modalidades de la producción romántica y nacionalista del lied germánico, el Gemuth y la Stimmung. El Gemuth es el sentimiento de la paz interior, la conciencia del alma de la raza, el llamamiento de ese fondo de emociones permanentes que hay en el hombre meditativo en presencia de la naturaleza del país natal. La Stimmung es la acentuación de la energía mora, la reacción de la emoción individual, la excitación a hablar, a vibrar, a conmoverse. Pues bien; las obras de Schubert expresan continuamente estos dos órdenes de sana actividad mental y los expresan con tal seguridad, con tal armonía, con tal poder de emoción comunicativa directa, sin segunda intención que puede asegurarse que Schubert, más que Schumann y que ningún otro, es la encarnación del lied alemán, el cantor nacional, la imagen viva de la canción romántica más allá del Rin.
Y digo esto aunque Schubert naciera en Viena, de padre descendiente de campesinos de Moravia y de madre oriunda de Silesia, aunque le enseñara música el italiano Salieri, y aunque salvo algunos viajes a la Alta Austria, a Graetz y Linz, jamás saliera de Viena, ni aún después de muerto, porque sus amigos consiguieron que fuera enterrado en el cementerio de Voehring, junto a Beethoven, a quien veneraba y es precisamente en la patria de Beethoven, en Bonn, donde descansa Schumann»