La existencia puede ser definida de infinidad de formas: un peregrinaje hacia el paraíso, una náusea, la oportunidad para pasarla bien, hay para todos los gustos. A mi juicio ésta puede ser concebida también como el acto imperioso por demostrar a los demás las glorias que no somos ni nos interesa ser. Es medio triste la cosa, porque uno pasa desde que es concebido tratando de quedar bien con los demás y, así, desgastándose hasta que la muerte vence y finalmente se acaba el show.
Desde aquel infausto día de la concepción o quizá más bien desde que nuestra joven madre se dio cuenta de que veníamos de camino, las expectativas sobre nosotros se hicieron grandes. A partir de ese momento empieza la función y la maldita presión por demostrar a los demás lo que quizá no somos. «Vamos, pensará nuestra madre, tú no puedes ser sino como tu papá o como yo. Y ya sabes, nosotros somos profesionales, educados, inteligentes, artistas, sobrepasamos la media». Así, somos obligados a esforzarnos por nacer bien, a ser graciosos, sonrientes, inteligentes, listos y hasta crecer.
Nuestros papás nos dan vitaminas no sólo para ser sanos, sino para también ser altos. Secretamente le piden a Dios que crezcamos, que por amor al cielo no nos quedemos pequeños, como si el tamaño fuera fundamental para ser feliz y triunfar en la vida. Incluso si la estatura se muestra deficiente para sus parámetros, ellos se ponen tristes y empiezan a sospechar que es una triquiñuela divina, un castigo celeste o simplemente en una testarudez nuestra.
Siempre hay que demostrarles cosas a nuestros padres. En la escuela hay que probar que uno es, si no el mejor, de los más aventajados. No escuchan si uno tiene realmente problemas con la motricidad, si se tiene una mala memoria o si hay dificultades personales en cuanto a disciplina y orden. No, uno tiene que dar todo de sí y no desilusionar a los padres. Es decir, uno viene a este mundo con la tarea de no desilusionar a nadie: padres, maestros, parejas, hijos, país? Uno no se puede dar el lujo de ser quien es, sino lo que quieren los demás que uno sea.
Pobre del joven que quiere mostrar al mundo su singularidad e independencia. De inmediato se le tacha de rebelde, insensato, desadaptado, enfermo y casi indigno de haber nacido. Los padres se ponen tristes, se frustran y hasta se culpan por semejante engendro del demonio. «No es lo que yo soñaba», se dicen secretamente los progenitores. La ilusión queda hecha añicos y destrozada.
Por fortuna para los papás, la rebelión juvenil dura poco y uno debe continuar tratando de cumplir las expectativas de ellos. A la hora de elegir una carrera uno debe ser médico, abogado, arquitecto y en algunos casos particulares hasta cura. Ay del despistado que se le ocurra ser músico, actor de teatro o escritor, inmediatamente inaugura un nuevo horror colectivo. «Â¿Qué gen habrá perdido su rumbo y vuelto loco?», piensan. «Â¿Cómo se le ocurre a este disoluto y libertino dedicarse a oficios propios de gente borracha, pobre, soñadora y prácticamente inútil a las sociedad?». La deshonra campea fuertemente en esos hogares al borde de su hundimiento.
No hay que insistir que en el hogar uno debe cumplir expectativas también. Como esposo se debe ser fiel, buen amante de la esposa (sexualmente potente para no frustrar a la mujer, un garañón de alto nivel), excelente padre, proveedor eficiente y prototipo de madurez, equilibrio y santidad. A quién le importa si uno sufre por no poder hacerle el amor a la vecina, ni satisfacer el deseo de arrastrar al hijo malcriado. Uno debe conservarse siempre sereno, sonriente y con dominio absoluto de sus pasiones. Ya puede usted comprobar que uno viene a esta vida a fingir. A los mejores la Iglesia los eleva a la gloria de Bernini y los inocentes les llaman santos. Yo pienso que fueron sólo buenos actores.