La vida se vuelve cada día automática, es decir inconsciente, maquinal e irreflexiva. Nos conducimos por la vida de esa manera, casi ya sin pensarlo, es la inercia que nos hace levantarnos cada día y ejecutar la rutina que generalmente contiene trabajo, familia, estudio y quizá un poco de recreación. Somos todos autómatas del sistema de producción en masa, aunque este caso por consumidores, pues esta periferia apenas si produce bienes y servicios.
El vertiginoso ritmo de la vida nos consume en un sopor del que pocos se dan cuenta; la masa nace, crece, compra, tira y muere. La humanidad no es consciente de la descomposición social, económica y política, fenómeno que no tiene precedente en la historia moderna. Vivimos en una paradoja, la humanidad jamás había tenido tal nivel de desarrollo y al mismo tiempo tal capacidad para desperdiciar los beneficios del mismo. El primer destino de los recursos naturales ya no es el bien común o el bienestar público, es su privatización para posterior proceso de enlatado o empacado y luego su venta a nivel masivo. No hemos comprendido que como seres finitos no podemos establecer las normas, eso solo lo puede hacer la vida misma como dice la poesía de Benedetti, sin embargo, la arrogancia nos conduce a la alienación de que podemos dominar, incluso, la vida misma. Las nuevas generaciones experimentan el vacío y la frustración de un mundo que está todo hecho, no hay más utopías ni nada por qué luchar pues se ha trivializado todo, existe la sensación que se ha conquistado y descubierto todo y lo que no, está por inventarse. Esto lo confirma de manera desoladora los desbordes de violencia a manos de jóvenes armados hasta las cejas, como la reciente masacre en Denver a manos de un doctorando en neurociencia y hace un año en Noruega por otro joven. Los dos hechos indican comportamientos autodestructivos, pero también señalan impulsos homicidas de una sociedad que se mata a sí misma. Sentimos la vida ligera y pesada a la vez, tenemos la falsa sensación que el tiempo se pasa volando, ya no es como antes cuando los años eran eternos; hoy la vida conduce aceleradamente por las carreteras del consumo y del deshecho. Sentimos la vida automática y todo a nuestro alrededor empieza a convertirse en procedimientos automáticos. Lo que hace unos años eran sueños de ciencia ficción, hoy son realidad, los supersónicos de mi niñez pronto serán realidad y la vida poco a poco será automatizada, Robotina asumirá pronto su papel, relegando las perecederas capacidades de las trabajadoras de las casas. Un mundo automático rige ya muchos de los procedimientos cotidianos como pagar el parqueo, obtener papel, jabón y agua en los baños públicos, las puertas se abren a nuestro paso, todo de una forma automática, el dinero se mueve de forma virtual y automática con un par de clicks, y también de esa forma se esfuma. Los electrodomésticos hacen su trabajo solos, las pantallas digitales reaccionan con nuestra vista y muy pronto accionaremos e interactuaremos con las computadoras por medio de neurotransmisión, la vida se desliza como nuestros dedos sobre las pantallas. Mientras la vida se hace automática vamos perdiendo la capacidad de la reflexión y no por la automatización de la vida, sino porque esta especie navega, superando fronteras insospechadas de avances tecnológico con las velas ya derruidas y con el barco a punto de colapsar. Los marinos no lo notan, nadie toma nota que no llegaremos a puerto.