Versos, mensajes y anécdotas del dí­a (Parte I)


Las pequeñas ciudades enclavadas a lo largo y a lo ancho de la campiña francesa poseen un encanto especial, aumenta ese encanto en la región normanda sus setos abrazando muros de piedra, casas con techo rojizo y sus iglesias góticas de amplios vitrales.

Mario Castejón

El 6 de junio de 1944 quedó inscrito en la historia como el Dí­a D, el inicio del derrumbe de la Europa de Hitler. Ese dí­a martes 6, a partir de quince minutos después de la medianoche asaltaron las costas de Normandí­a más de doscientos cincuenta mil hombres, cinco mil barcos que se agolparon en las proximidades de la desembocadura del Sena en un frente de más de ciento cincuenta kilómetros. Soldados estadounidenses, británicos, franceses, canadienses, belgas, checos, holandeses, noruegos y de otras nacionalidades constituyeron la fuerza de invasión. Iniciaron la operación los paracaidistas de la 101 y la 82 División aerotransportada en una costa iluminada por la Luna llena y, cinco minutos después, los hombres de la 6ª. Británica que tení­an a su cargo iluminar las zonas de lanzamiento para el resto de tropas aerotransportadas.

La decisión del dí­a escogido y la responsabilidad del éxito o fracaso de la invasión como él mismo la asumió, habí­a caí­do sobre las espaldas de un hombre: Dwight D. Eisenhower, General de cinco estrellas, un hombre de fácil sonrisa, un espigado sureño con calvicie ya establecida, poseedor de cualidades innatas además de otras que asimiló conforme crecí­a en su profesión: saber escuchar y tomar decisiones en el momento preciso. Al otro lado del mar otro hombre con parecidas caracterí­sticas, un héroe legendario esperaba: el mariscal de campo Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, estratega de las campañas victoriosas del Afrika Corps, el soldado más reconocido de Alemania. También era un hombre discreto, alejado de pompas, que entraba y salí­a de un lugar sin hacerse notar. Rommel sabí­a lo que se jugaba en el dí­a de la invasión; inspeccionando las fortificaciones en las playas dijo a su ayudante el capitán Helmuth Lang: «Créame Lang, las primeras 24 horas de la invasión serán decisivas… de su resultado depende el destino de Alemania… tanto para los aliados como para Alemania será el dí­a más largo del siglo».

En las aldeas de Vierville y Colleville vecinas a la costa, inmediatas a lo que serí­a la sangrienta playa Omaha, en la pequeña ciudad de Caen junto al Orne y en La Madeleine y Bayeux frente a la playa Utah, los miembros del Maquis (Resistencia Unificada de la Francia Libre) esperaban.

Por un azar del destino ese dí­a 6 de junio Rommel estaba en Berlí­n, habí­a salido de Normandí­a el dí­a 4 para celebrar el cumpleaños de su esposa Louise Rommel el dí­a 6.

Confiando en sus meteorólogos, creí­a que los aliados no lanzarí­an la invasión hasta finales de julio coincidiendo con la ofensiva de verano soviética, cuando el hielo en Polonia se hubiera fundido para permitir el avance de los motorizados.

El 1 de junio el coronel Helmuth Meyer, jefe de la Inteligencia del 15 Ejército, brincó de su asiento cuando uno de sus escuchas captó de la BBC de Londres el mensaje esperado. La primera parte de un verso del poema «Canción de Otoño» de Paul Verlaine: «Les sanglots longs des violons de l’automme» (Los largos sollozos de los violines de otoño), indicaba que la invasión estaba próxima a realizarse dejando en espera el segundo verso en donde la fecha serí­a fijada. La mañana del 5 de junio a las 9:15 el locutor de la BBC transmitió: «Ahora escuchen atentamente algunos mensajes personales, «blessent mon coeur d’une langeur monotone» (Hieren mi corazón con una monótona languidez) . . . era el segundo verso del poema de Verlaine y, anunciaba que la invasión se realizarí­a en las setenta y dos horas siguientes a contar de las cero horas de ese dí­a.

No habí­a una palabra, una voz cuchicheada que no fuera escuchada por los hombres de Meyer. Treinta expertos en una casamata de hormigón, cada uno de ellos hablando fluidamente tres idiomas. El significado de los versos del poema de Verlaine como se dio en llamar, habí­a sido señalado por el almirante W. Canaris, Jefe del Contraespionaje Alemán indicando con precisión su interpretación, relativa a la fecha de la invasión.

Los escuchas del Maquis francés también esperaban la segunda parte del poema Canción de Otoño y otros dos mensajes en clave que el locutor de la BBC pronunció con voz solemne diciendo: «Hace calor en Suez» y luego «los dados están sobre la mesa». Eran el punto de partida para iniciar el sabotaje en apoyo a la invasión, el primero para interrumpir el transporte ferroviario y el segundo para cortar el telégrafo y las ví­as telefónicas. En radio Parí­s la emisora de propaganda alemana, la voz sensual de Axis Rally, apodada «La perra de Berlí­n», lanzaba amenazas contra la invasión.

Meyer se dio cuenta que sus hombres habí­an recibido quizá el mensaje más importante de la guerra, que podrí­a cambiar el destino de Alemania. Lanzó aviso al cuartel de Rommel, al Cuartel General del Oeste OBW y al Cuartel de Operaciones de Hitler, sin embargo a pesar de la inminencia del ataque, no fue tomado en cuenta hasta cuando las operaciones aliadas estaban en marcha y las divisiones Panzer en reserva bajo órdenes exclusivas de Hitler, no fueron movilizadas a las playas. El general Hans von Salmuth al mando del 15 Ejército expresó ante la alerta roja: «soy zorro viejo para excitarme demasiado por esto», tres horas más tarde dieciocho mil paracaidistas se dispersarí­an en la zona. El 8 de junio Hitler pidió explicaciones y montó una investigación para saber por qué no se declaró una alerta total. Para Rommel fue el golpe más duro de su carrera. En el grupo B del Ejército consumando la reacción fue tardí­a. Por último los 124 aviones del ala 26 que descendí­an la costa fueron retirados la tarde anterior.