Verde como el agua clara


Jody

Navego a diario entre los pasillos de la Torre de Tribunales. Un lugar frío, de esquinas oscuras, con olor a papel. Allí nunca hay una historia igual a otra. He visto gente reírse de la justicia y he visto a otros llorar por ella. Pequeños y a la vez eternos instantes de madres que entre lágrimas alimentan a sus hijos adultos de manos esposadas, lágrimas de padres que ante los tribunales exigen justicia por la violación y asesinato de sus hijas, niños que declaran el daño que les causaron sus propios familiares, gente con la vida en suspenso ante la llegada de una resolución judicial, ante la llegada de la justicia, de eso a lo que llamamos justicia.

Jody García
yojody@gmail.com


Nunca hay una historia igual a otra. Los juzgados son lugares con paredes llenas de capas de eco, voces que relatan los momentos de quiebre de la armonía, de la transparencia, de la paz y la seguridad.

Entre las salas de audiencias se van apilando cientos de miles de casos, que parecen nunca acabar. Algunos con atención mediática, avanzan un poco menos despacio. La historia de la sociedad avanza con lentitud, es por eso que dentro de todo el caos, aunque parezca casi imperceptible, parece que se han tomado decisiones que podrían hacer una diferencia, aunque signifiquen pasos de bebé.

Lo ideal sería que nuestras expectativas del sistema de justicia no mengüen ante las pretensiones de unos cuantos, sino que se promueva una justicia que nos dé certeza de que podemos alcanzar la paz, o al menos un modelo de convivencia más armonioso, en el que los intereses de cada persona, no necesariamente cercenen las oportunidades de los demás.

Cada uno de los sectores que integran la sociedad guatemalteca parece tener una concepción propia de justicia, pero que en el intento de buscar cada cual su percepción, se lleva entre los pies a los demás, sin dejar espacio para un diálogo honesto.

Podría hacerse justicia, tal vez, cuando se condena a pena de cárcel a un homicida; cuando los funcionarios corruptos, que creyeron que podían hacerse una fortuna con nuestros recursos y que únicamente aumentaron su patrimonio, devolvieran hasta el último centavo y purgaran también una sentencia; cuando los agraviados por el conflicto armado interno –los que quedaron en medio de la lucha armada y que ni bando tenían–, recibieran verdadera dignificación. Solo tal vez. 

En Guatemala, sin embargo, la palabra justicia parece encerrar cualquier acepción, menos la de preservar el Estado de Derecho, porque incluso en ocasiones invita a pensar que es selectiva, ambivalente y que no se acerca ni una pizca a humanizar a la sociedad. Podrían dictarse unas cuantas sentencias ejemplares, pero que solo alcanzaría cierto tipo de casos.

Las historias nunca son iguales, pero deberíamos tener la certeza de que la justicia antes de llegar a quien la busca, no pase por un filtro de intereses. He subido y bajado durante 19 meses las gradas de la Torre de la Tribunales, y estoy cansada de ver gente llorar.

Las leyes no son un caleidoscopio, nuestra historia debe construirse con paz, no con convulsiones sociales que encierren a la sociedad en un callejón sin salida, frente a un monstruo que se resiste a desmarañarse del sistema.