«Vengan a los asentamientos, no a los salones». En los suburbios pobres de Lima, los peruanos lanzan un llamado de frustración a los dirigentes de la Unión Europea y América Latina, reunidos hoy para una cumbre contra la pobreza.
«Seguro que no vamos a cruzarnos con los jefes de Estado. Pero si pudieran ver cómo se vive acá, tal vez harían algo por nosotros», dijo Rosa Cabrera, una asistente médica de 60 años.
La indignación es patente en el rostro surcado de arrugas de esta pequeña mujer enérgica que recorre sin descanso «Villa Salvador», una villa miseria de medio millón de habitantes construida sobre las dunas de arena que se extienden al sur de la capital. «Basta con los discursos, queremos actos», dice.
Solo las moto-taxis se atreven a recorrer las pendientes inestables de este anárquico barrio, inundado de desechos que atraen bandas de perros famélicos.
«Esto no es vivir, sino sobrevivir, como los animales», afirma Rosario Padilla, una madre soltera de 46 años cuyos pequeños trabajos temporales pueden brindarle «en un buen día» unos 30 soles, el equivalente a una decena de dólares.
La presencia de los jefes de Estado instalados a apenas una veintena de kilómetros de distancia, en una zona residencial de Lima, no le da esperanzas para su futuro o el de sus ocho hijos.
«Hace mucho tiempo que los mandatarios se olvidaron de nosotros, nos abandonaron. La situación se pone cada vez peor», suspira.
Como sus vecinos, Padilla sufre directamente la crisis alimentaria y la duplicación de los precios de los productos básicos como el aceite o el arroz, que se vende a casi 4 soles el kilo.
Miguel Machicao, un carpintero de 37 años en busca de trabajo, se desespera por no poder alimentar correctamente a su familia. «Ni puedo comprar verduras», aseguró.
«Villa Salvador» no parece haberse beneficiado del crecimiento económico que se acercó a 9% el año pasado en Perú, un país de 27 millones de habitantes, la mitad de los cuales viven bajo el nivel de pobreza, según cifras oficiales.
El agua corriente nunca llegó al barrio, donde vive una fuerte comunidad de indígenas quechuas, llegados desde la década de 1940 para probar suerte en la capital. Para su consumo, la población usa recipientes de agua usada, desinfectándola con algunos granos de cloro.
Para Alejandro Figuera, un mecánico de 43 años que se gana la vida reparando los neumáticos de los vehículos que pasan con la ayuda de un viejo inflador, la cumbre de Lima significa que dejará de ganar una decena de dólares, dado que el gobierno decretó tres días feriados.
«Espero que valga la pena. Ojalá los países ricos de Europa no vinieran sólo para charlar sino para darnos una ayuda, para que podamos desarrollarnos nosotros también», indicó.
El año pasado el presidente boliviano, Evo Morales, visitó «Villa El Salvador» donde fue recibido como un héroe.