Con el pretexto de las largas rutas a recorrer, automovilistas impulsivos conducen a velocidad excesiva, causando accidentes a menudo, con pérdidas lamentables. El ritmo acelerado de la vida repercute en esos comportamientos que no justifican el hecho de incurrir en delitos.
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Otros motivos coadyuvan, su sumatoria exhibe la facilidad que tienen las personas para copiar modelos; hay invitación burda al final de cómo transformar vías en pistas de carrera. Exhibicionismo también influye en esas actitudes donde rompen inhibiciones del orden oscuro o negativo.
Comúnmente muchas personas al volante se convierten en fantasiosos ases del vértigo y sólo cuenta su propio ego, en tanto el resto, nada de nada. Se alejan demasiado de un protagonismo respetuoso y por consiguiente sacan a luz, no cabe duda, una rebeldía sin causa, así de sencillo.
Sin darse cuenta caen en las redes propiciadoras de violencia sobre ruedas, cuando elementales normas y disposiciones al respecto determinan que calles y avenida son de uso público. Misma situación es garante de la vida y seguridad colectiva, endosada al respeto a los demás.
¿Qué los anima? Es la interrogante del caso. ¿Percibirán talvez que la excesiva velocidad tiene con frecuencia un epílogo empalmado a sucesos trágicos? Está en juego la ruleta rusa que atañe a su propia existencia y de los demás conductores que van correctos, como Dios manda.
En síntesis cabe el señalamiento que cae por parejo, en el sentido que esperan la intervención de las autoridades competentes, para jugar después al ratón y el gato. Emetra no pierde tiempo (es su función) puesto que ya instaló velocímetros que ejercerán control riguroso.
La cultura vial semeja que la reciben y ejercen a cuentagotas un considerable número de conductores antisociales, en el menor de los casos, por cuanto la mayoría siguen en su paquete. «Â¿Cuál es el apuro?» fue una campaña de prevención que jamás caló. Somos así, difíciles en demasía.