¡Vaya clase de justicia la que tenemos en Guatemala!


Definitivamente no podemos seguir viviendo así­. Disculpen por poner en duda la imperiosa necesidad de seguir viviendo en democracia, pero está visto que la voluntad popular aquí­ no se cumple, porque somos llevados por mal, la impunidad sigue imperando a pesar de tanto palabrerí­o de los que tienen asido el poder en los tres poderes del Estado. Aquí­ las leyes podrán servir para cualquier cosa, menos para impartir la justicia. La ley se retuerce, se adereza, se burla y solo sigue siendo muy útil para quienes quieran salir de pobres de la noche a la mañana en la más abyecta impunidad.

Francisco Cáceres Barrios

A diario suceden hechos que sacan de quicio a cualquiera. Por ejemplo, aquellos empleados públicos que hacen una red para permitir el ingreso de extranjeros sin la documentación en regla. Se monta el operativo policial y se comprueba que los extranjeros pasaban las dependencias migratorias sin ningún problema no importando su origen. Sorprendidos con las manos en la masa son investigados y perseguidos, pero logran escabullirse con cualquier tipo de subterfugio. Finalmente, algunos son encarcelados y cuando llegan sus respectivas causas al tribunal, un dí­a después tranquilamente se les permite salir en libertad fijándoles su respectiva fianza, no por poca, sino por una buena cantidad de dinero, sobreentendiéndose que siendo empleados menores no iban a poder pagarla; sin embargo, en menos de 24 horas fueron canceladas. ¿Qué tal?, ¿qué me dice el estimado lector, que tiene que pasar las de Caí­n para pagar las quinientas tusas para liberar a su vehí­culo del espantoso cepo?

Otro caso que llora sangre, es el de los policí­as capturados por el robo de la pipa que apareció por «casualidad» en la gasolinera de un diputado. Como dije al principio aquí­ con la ley se hacen maravillas, así­ es que a pesar que los agentes aceptaron su responsabilidad de haber encubierto el robo fueron condenados apenas a tres años de cárcel, cuando al menos merecí­an veinticinco, pero se les suspendió la pena y quedaron, tranquilamente, risa y risa, en plena libertad. ¿Qué clase de leyes, de jueces, de fiscales, de chontes y de tribunales tenemos entonces?; ¿cómo va a ser posible que si a un conductor que con su vehí­culo atropella a un peatón, quien por su estado etí­lico se atraviesa imprudentemente la calle se lo lleva candanga y en cambio las dizque «autoridades» por ser malévolos, irresponsables, corruptos y abusivos ahora anden tan tranquilos como si hubieran hecho la cosa más linda del mundo? Para ponerle la tapa al pomo, nuestros diputados tranquilamente no aprobaron las reformas al Código Penal para castigar drásticamente varios delitos electorales. ¿Así­ es como se van a lograr elecciones limpias y transparentes? ¡Vaya pretensión más estúpida la nuestra!