Hasta hace poco tiempo, al finalizar el mes de diciembre, yo me disponía a programar y realizar -con la mejor de las intenciones y con toda la buena voluntad disponible- diferentes proyectos que había ido posponiendo durante el año que fenecía, a causa de diversas circunstancias, sobre todo porque me atrapaba ociosa negligencia.
  En ese sentido, mis fallidos propósitos de Año Nuevo se parecían a los vanas promesas de un amigo mío, que a finales de año, cuando se acercaban las festividades de la época, les aseguraba a todos sus parientes, camaradas y cuanta persona se le pusiera enfrente que a partir del primero de enero dejaría de fumar.
  Ese prosaico anuncio personal no despertaba ninguna jubilosa reacción, ni siquiera de su esposa, que ya estaba hastiada de escuchar todos los finales de año que su marido iba a abandonar tan pernicioso hábito. Los amigos de Rodolfo oíamos con indiferencia sus afirmaciones, porque sabíamos que sus débiles esfuerzos para dejar de fumar no prosperarían. Y así transcurrieron los años, hasta que un días de tantos, sin que fuera inicio de año ni que en esa ocasión él expresara promesa alguna, Rodolfo logró la hazaña de desertar de las filas de los adictos al cigarrillo. Su estado de ánimo mejoró después de que superó el síndrome de abstinencia, sus relaciones con su cónyuge se tornaron más estrechas y sus hijos y nietos lo tratan con más respeto.
  Otro caso es el de Reynaldo. Bebedor empedernido que se emborracha por cualquier pretexto. Ya sea el cumpleaños de su mamá, la fecha de su divorcio, el recuerdo de su ex mujer, el 15 de septiembre, el Día de la Bandera, el triunfo de los rojos del Municipal, la caída de una muela, un resfriado mal cuidado, el bautismo del hijo de un pariente lejano, en fin, cualquier suceso, por irrelevante que fuera, hasta la muerte de un chucho callejero, era motivo para que Reynaldo agarrara fuerza, que generalmente tardaba 20 días, más la convalecencia, lo que no le permitía mantenerse en un puesto de trabajo más de un mes.
  Regularmente, a finales de noviembre afirmaba que había tomado la decisión de dejar de beber a partir del próximo enero. Esa resolución duraba lo que tarda en atravesar una calle para ingresar a la cantina más próxima. Y así continúan los propósitos de Reynaldo. Ayer lo vi. Estaba a medio palo y para no variar me juró que después del 15 de este mes ya no volvería tomarse una copa. Puras ilusiones.
  Mi prima Judith es cosa aparte. Su voraz apetito le ha provocado  desproporcionado e involuntario crecimiento horizontal de todo su voluminoso cuerpo. Ella no es totalmente responsable de haber engordado; en primer lugar, porque tiene un desorden en su metabolismo, y, luego, porque cuando era niña y adolescente sus padres la atiborraban con comida chatarra, de manera que se aficionó a los alimentos sin valor nutritivo, pero pródigos en grasas.
   Esta prima mía ha vuelto a prometer, como en los diciembres recientes, a bajar de peso a como dé lugar, y se propuso como meta iniciar un severo régimen dietético a partir -¡no podía ser de otra forma!-.del primero de enero. Mientras se asomaba esa fecha, Judith estuvo despidiendo a su buen yantar durante todos esos días decembrinos de jolgorio y opíparas jornadas, comiendo tamales de carne, pierna de marrano, pavo, galletas, chuchitos, tostadas y cuanta comida se le ponía enfrente. Tengo dudas que Judith alcance su meta este año, pero renovará su propósito el venidero mes de diciembre.
  Por aparte, sospecho que varios de mis contados lectores también se han prometido cumplir determinados objetivos en 2010. Que los logren, ya es otro cantar.
   (El hijo menor de Romualdo Tishudo escribió la siguiente cartita antes de Navidad: -Querido Niño Jesús, yo te prometo de verdad que me portaré bien el año 2010, si le mandás ropa a todas esas pobres mujeres desnudas que mi papá mira en su computadora).