Vámonos Patria a caminar


Ni el gran César Brañas, ni menos Miguel íngel Asturias, de quien me gusta profundamente su prosa, me ha calado tan hondo en el espí­ritu como los versos de Otto René Castillo, cuya muerte espantosa y sanguinaria todos conocemos.

Héctor Luna Troccoli

Al leer a Otto René, a quien lamento no haber conocido en vida, no comprendo cómo un ser humano, sencillo, humilde y generoso, haya podido amar tanto a una patria cuya tierra fue regada con su sangre.

No concibo cómo el poeta se transforma genialmente en el azadón o el arado, que abre surcos de amor en su tierra pese a haber sido golpeado tanto por sus malos hijos, que se reproducen como células cancerosas, que sofocan y estrangulan a todas las instituciones del Estado.

No se trata de hablar en tiempos pasados de represión y contrarepresión. No, se trata de plantearnos la terrible duda de cómo ha surgido en los últimos 10 años una terrible represión de las fuerzas del mal contra ciudadanos honestos, convirtiéndose en monstruos, esa fuerza minoritaria que aunque «nosotros seamos más», nos tiene postrada de rodillas, inclementes ante las agresiones que sufrimos.

Tuvimos una guerra que algunos llaman «sucia»-¿habrá alguna limpia?- en donde cientos de miles cayeron por balas asesinas. La mayorí­a niños y mujeres inocentes que no estaban ni con uno, ni con otro. Era una guerra por tomar el poder unos y por mantenerlo otros. Cada quien para proteger sus intereses y los otros para destruirlos e imponer los suyos propios, pero, fundamentalmente en ambos bandos existí­an convicciones, la mayorí­a implantadas por manos y paí­ses extranjeros.

Esta guerra no podrá justificarse jamás, pero la que vivimos ahora es algo que jamás concebí­. Un crimen organizado desde cúpulas imperiales hasta vasallos asquerosos que se arrastran en las cloacas del averno; desde corrupción sin lí­mites, hasta santiguarse piadosamente ante una procesión o lanzar cánticos evangélicos que destrozan los oí­dos: desde conductores de buses asesinos, hasta niños que se mueren porque los matan o de hambre o con un cuchillo o un arma de fuego; mujeres embarazadas que se quedan tiradas en la acera ante la indiferencia de todos nosotros; ladrones, estafadores y rateros que nos acechan a la vuelta de la esquina; extorsiones desde las propias cárceles; secuestros, amenazas, robos a pequeña y gran escala, intranquilidad y temor, que ni siquiera en ese largo perí­odo de guerra se dieron en esa cuantí­a. Y aún así­ hablamos de derechos humanos. Que triste que perdimos hasta la noción de la realidad y una ligera perspectiva de la justicia y la ley.

La podredumbre de esos pocos se acumula en vorágines de demencia ante los que somos más. Que lástima el sacrificio de Otto René Castillo, que lástima que sus hermosos poemas se pierdan entre el llanto, la desesperanza, el dolor y el negro del luto que nos cubre como manto eterno.

Me conmueve Otto René y al leerlo siento que sólo él puede ser él, que ni yo, ni nadie, magnificaremos ahora a una tierra que en lo material puede ser esculpida en la belleza más noble, pero que su fealdad se asoma cotidianamente en el rostro de esos criminales que 24 horas al dí­a, la están destrozando inmisericordemente y nos están haciendo perder el corazón, el amor y el alma que una vez tuvimos.

Y viene todo esto a que es la única forma de desahogarme cuando fui casi asesinado apenas sobrepasado los 23 años, por las apaleadas que me dieron, por los exilios que sufrí­, por haber estado muy cerca de la angustia y el dolor de parientes muy queridos que fueron secuestrados, por tantos amigos asesinados y tantas amenazas recibidas y porque en menos de un año, me han robado tres veces, lo intentaron otras dos y no me dejan caminar de la mano, como Otto René, con esta patria que tanto me hace llorar……