Este artículo está dedicado a José Carlos Marroquín, un joven con ilusiones para cambiar el rumbo del quehacer político en Guatemala para lograr el reencuentro de los valores elementales como la verdad, justicia, honradez y proyección social hacia la población guatemalteca.
El hacer periodismo le brindó a José Carlos una visión de la problemática nacional y cada vez que descubría la falta de voluntad política para remediar o en su caso aliviar los problemas sociales, se fue dando cuenta que una de las formas directas para superar dichas frustraciones es la participación directa en los grupos de toma de decisiones, es decir, en las organizaciones políticas que oficialmente son reconocidas como partidos políticos.
En los partidos políticos, las estructuras de poder están conformadas por muchas personas que con su aporte dinerario, físico, material o en especie, han logrado un lugar para ser recompensados con una cuota de poder, que de haber llegado al ejercicio nacional del mismo, se traduciría en el desempeño de un puesto o plaza dentro de la administración del Gobierno.
Sin embargo, cuando algunas personas aportan un elemento distinto, algo que no es común dentro de esas organizaciones, tal como la implementación de valores axiológicos para legitimizar el ejercicio del poder y por ende cumplir con la plataforma ideológica propuesta, entonces se dan las reacciones negativas porque las personas que «invierten» con otra clase de aportaciones, sienten que sus cuotas de poder serán minimizadas.
Se necesita de mucho valor para incursionar en la política partidista en Guatemala, porque ello significa exponerse al escrutinio público y también a que en torno suyo se «levanten» una serie de «bolas» infundadas que persigan afectar su imagen, su personalidad y su entorno social. Esto ocurre en Guatemala, en todos los partidos políticos, por todos los medios al alcance de quienes pretenden causar daños a sus posibles rivales dentro del mismo partido.
Los valores que inspiran a toda plataforma ideológica son loables, persiguen el bien común y la satisfacción par parte de quienes ejercen gobierno, de proyectarse a las clases más necesitadas y elevar los niveles de producción, inversión, paz, seguridad, justicia, salud y educación entre otros; pero siempre existirá un grupo que a la sombra del poder ejerce acciones fuera del orden protegido por la estructura de seguridad que ellos mismos manejan.
Pero, cuando se trata de poner en práctica dichos valores y se encuentra un rechazo a los mismos porque riñen en contra de los intereses económicos establecidos y como corolario la agresión brutal por medio de las armas y coacciones y amenazas, entonces, viene la desilusión y el pensar reflexivo: «No puedo cambiar el sistema, yo sólo no puedo». Entonces se necesita mucho valor para decir; «Hasta aquí llegué. Mi familia es primero».