Hay algunos exagerados que se despellejan la piel y dicen estar escandalizados porque el presidente Colom ha dicho que el gobierno de Berger ha sido «el peor de la historia de Guatemala, el más nefasto». Están aturdidos y consternados, patidifusos. Qué va, dicen ellos, han habido mucho peores… Y es entonces cuando empiezan a hacer memoria.
Esas cosas, sobre si el de Berger ha sido el peor de los peores, no han hecho sino recordarme a un amigo que dice que nosotros en Guatemala tenemos el prurito de comparar nuestros proyectos al de las demás provincias del Istmo y, como de costumbre, siempre salimos ganando. Así, dice mi amigo, afirmamos que nuestro aeropuerto es el mejor de Centroamérica y no hay otro incluso en Latinoamérica. Nuestra feria del libro, es la mejor de las mejor, no hay otra que se le compare ni por asomo. El himno nacional, aunque un poco largo, ocupa un lugar elevado, sólo por debajo del de Francia. Y así, ad libitum.
No es extraño, entonces, si le damos crédito a mi amigo, que Colom venga ahora (como buen chapín) a decirnos que Berger ha sido el «peor presidente de la Historia, el más nefasto». Yo no me siento con capacidad de juzgar si Berger fue peor que Arzú, o si Portillo era un gatito manso a la par del Conejo y Eduardo Stein. Lo que sí es cierto y no hay que negar es que la administración Berger sólo fue buena para los de la foto, para el G8 como diría Edgar Gutiérrez y para los lambiscones que se pegaron a la teta gubernamental en esos cuatro largos e ineficaces años de gobierno.
Ofenderse y escandalizarse sólo es comprensible en quienes mamaron de la ubre generosa del Estado, pero aberrante y ciega en quienes se dicen analistas políticos. La expresión de Colom sólo puede calificarse de imprudente y poco política, pero la verdad expresada por sus labios es meridiana. Repito, no sé si la administración Berger rompió todas las marcas en cuanto a pésima gestión se refiere, pero lo que sí es claro es que, por ejemplo, según el contexto en que se dio la afirmación, Berger fue un desastre para atender a los más necesitados y damnificados. La evidencia está a la vista y negarlo requiere de habilidades propias de sofistas de baja catadura.
Evidentemente quizá ya no tenga sentido continuar hablando del gobierno pasado, pero muchas veces es necesario para entender la realidad. Y esto lo saben bien los políticos que, en el ejercicio del poder, ellos se muestran insufribles por su mala fortuna. También Berger lloró hasta la saciedad, por la debacle, según él, que dejó Portillo. ¿No se acuerdan los analistas políticos de las exageraciones y lloriqueos del Conejo? ¿Olvidan también sus improperios? ¿Alguien se despellejó en aquella ocasión?
Por favor, no seamos hipersensibles y si acaso lo que lastima son las exageraciones del gobernante actual, al decir que Berger ha sido «el peor de la historia de Guatemala, el más nefasto», pensemos que no es para tanto. Digamos que no fue el peor, sino uno de los peores, el penúltimo de los peores, casi el más malo. Consideremos que quizá sólo fue malito (así con diminutivo). Vamos, seamos más condescendientes.