El 12 de octubre, la mayoría de los 39 sobrevivientes de la Undécima Promoción del Colegio Salesiano Don Bosco celebramos nuestro 50º aniversario. Lo primero que hicimos fue rendir homenaje a los diez compañeros muertos, sintiendo su presencia y valorando la de sus familias. Rendimos homenaje también a maestros, presentes y ausentes, y a nuestras familias. Coincidimos en que ha sido una larga jornada, durante la cual el país cambió, pero, sin mejorar sustantivamente. Si bien hemos contribuido al intento de forjar una sociedad y un estado solidarios con las grandes mayorías, cada quien desde su propio lugar de trabajo, familia y vida, lamentamos que se haya concretado poco. Continuaremos empeñados en lograr más y a plazo más corto.
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La reflexión colectiva nos ha permitido revalorar lo que recibimos en el Don Bosco y el impacto de lo allí aprendido. Fuimos una juventud que quería «mediante el esfuerzo, llegar a las estrellas». Tuvimos excelentes profesores, entre sacerdotes, personas en proceso de serlo y seglares. No obstante, la parte más importante de nuestra formación la logramos del «ambiente», del cual, a su vez, éramos parte. Allí incorporamos la disciplina, la dedicación y la constancia a nuestro bagaje de herramientas para enfrentar el mundo del trabajo y, en muchos casos, los estudios universitarios. Penetraron las palabras de San Juan Bosco: «la santidad consiste en estar siempre alegres». Esa alegría la manifestamos con las excelentes amistades y en el derroche en las canchas de futbol y las veladas artísticas.
Hay una característica salesiana que estuvo presente durante nuestros años de formación y fue asimilada: la búsqueda de la justicia social. Don Bosco fue un sacerdote dedicado a educar a niños y jóvenes hijos de trabajadores en una Italia inmersa en el grosero capitalismo liberal. Su compromiso con los pobres nos mostró que no podíamos ser indiferentes ante las condiciones de pobreza, marginación y explotación que nos rodeaban, así como que la educación, al ser todavía un privilegio, imponía sobre nosotros obligaciones ineludibles. Con el correr de los años cada quien buscó la manera de proyectar en sus actos este compromiso con la justicia social. Algunos han prestado sus servicios al Estado, incluidos puestos en el gobierno; otros canalizaron sus inquietudes en las universidades, generaron empresas propias o salieron del país; y unos pocos expusimos la vida para cambiar las estructuras del país. Las circunstancias de la vida nos han hecho tomar rumbos distintos en la política, siempre un tema de agitado debate; pero nuestra raíz común es que no podemos tolerar la injusticia, en cualquiera de sus manifestaciones.
Toda institución de educación se encuentra, cada cierto tiempo, gracias a una conjunción especial de factores internos y externos, con una promoción excepcional. Por los hechos realizados, tanto por los que tenemos la fortuna de llegar al aniversario, como por los diez compañeros que han muerto, puedo afirmar, con modestia, que esta Undécima Promoción del Don Bosco es una de ellas. Confío en que en los años por delante sigamos todavía aportando a la construcción de la nueva Guatemala que nuestros hijos, nietos y bisnietos se merecen.