Una sociedad vetusta


Un joven fracasado no es sino la manifestación ostentosa de un pueblo bárbaro.  Expresa la incapacidad de una sociedad desestructurada encaminada en su infortunio al suicidio.  Es una inmolación colectiva insensata cuyo fuego nos hace arder en la desesperanza.

Eduardo Blandón

La sociedad no tiene experiencia peor que la agoní­a de sus jóvenes.  Su olvido e indiferencia, la falta de mimo, provoca en el cuerpo social la atrofia de esos pulmones vitales capaces de mantener aire puro en el sistema.  Por tal razón, el oxí­geno enrarece, se vuelve impuro y lo aspiramos contaminado.  No hay organismo que pueda funcionar cuando sus mejores fuerzas están en crisis.

La juventud entre nosotros está en crisis porque no hemos inventado condiciones para una vida dichosa.  En tal situación, vegetan, se aburren por falta de opciones, por ausencia de proyectos, a causa de inactividad.  Así­ vagan por las calles, visitan cantinas y se desaniman en las escuelas.  En realidad, la educación jamás ha sido su opción.

Los jóvenes fracasan por su invisibilidad.  Son sujetos transparentes, diáfanos, abstractos. Son inaprehensibles y gaseosos.  Aprenden a vivir sólo por sus propios medios, por inspiración propia.  Nadie les enseña el porqué de la vida ni el valor de la libertad.  Son, como dijo alguien, animalitos de la creación. Desperdicio de potencias que jamás se materializan por falta de ilusión.

La sociedad no les enseña a soñar ni les inventa escenarios.  El cuadro de la vida joven carece de matices, es monocromático y lleno de sombras.  Limitado de posibilidades, sólo les queda hacer uso de la fuerza bruta, enseñorearse por la violencia y buscar el éxito fácil. Exhibir la riqueza no es sino la expresión de una personalidad al que le urge la afirmación. 

La crisis juvenil procede de la condena que les dictamos aun antes de nacer.  Porque nunca nos importaron de verdad.  Siempre los vimos como amenaza, maleficio celeste o germen dañino.  Frente al miedo provocado por su sola presencia, nos dedicamos a consumir y nos excedimos en fiestas.  Por tal razón, su herencia será escasa y su futuro desolador.

Quizá por eso protestan a su manera, se organizan en grupos criminales, hacen voto a Baco y huyen por la ví­a de las drogas.  Las ropas oscuras, las poses góticas, no son sino el rechazo a una sociedad que no sienten suya y en la que son extranjeros.  El daño provocado en la piel y la pérdida generosa de neuronas, se convierte en el placer favorito del sibarita posmoderno.

Está claro que los jóvenes no están en el «top ten» de nuestra sociedad.  Por eso es que carecemos de humor, «sentimos pena» casi de todo y nos privamos de los placeres de la vida.  ¿Qué clase de sociedad cristiana es ésta que abomina tanto a la juventud?Â