Cada vez que surge alguno de los muchos escándalos que van salpicando la vida nacional y especialmente cuando notamos el efecto terrible de la impunidad, surgen voces que claman por el rescate institucional y la necesidad de una profunda reforma del Estado para hacerlo funcional y eficiente en la búsqueda de sus fines naturales. Pero desafortunadamente como colectivo social nos encontramos atrapados por la coyuntura, y es tan impresionante la sucesión de clavos y escándalos, que nos vemos obligados, generalmente, a saltar de un tema a otro casi sin respiro, mucho menos la necesaria consistencia para mantener el dedo en la llaga de los cambios que el país requiere.
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El tema del escándalo del Congreso de la República debió servir para que los guatemaltecos iniciáramos una discusión seria sobre el rescate institucional del Organismo Legislativo como centro de la efectiva y verdadera democracia. Hubo algunos planteamientos surgidos al calor del escarnio que para la población fue ese desfalco insolente, pero poco a poco el tema se fue diluyendo y el día de hoy ya poca gente se preocupa porque Meyer haya logrado detener mañosamente el proceso en su contra y dentro de un poco más de tiempo le daremos definitivamente vuelta a la página.
El regreso de Portillo se convirtió en el gran distractor para sacarnos de base y para trasladar el epicentro del malestar ciudadano a otro tema. Pero tenemos que entender que dentro de unos días veremos algún otro escándalo que trae nuevamente el mismo efecto de indignación que, a la larga, no sirve sino para distraernos de lo fundamental que es la necesidad de emprender una profunda reforma para cambiar los sistemas y rescatar la institucionalidad democrática en el país.
La ausencia de verdaderos partidos políticos que tengan como característica el análisis permanente y la propuesta sobre los grandes temas nacionales hace que la agenda nacional sea determinada por los medios de comunicación y éstos, por naturaleza, no tienen por qué preocuparse de lo estructural sino que de la coyuntura. Al fin y al cabo lo que vende y capta audiencia es el escándalo, la denuncia de anomalías, mientras que la propuesta de soluciones puede parecer aburrida para un auditorio como el que tenemos en los medios.
La propuesta de reforma no puede venir de la Prensa sino tendría que venir de los grupos políticos y de las entidades constituidas para el análisis y la participación en la vida democrática. No se puede trabajar en esa vía con la superficialidad propia del trabajo de la Prensa que no está constituida para ser rectora de la sociedad sino simplemente para informar. Como en política no hay verdaderos vacíos, la Prensa ha tenido que llenar el espacio que no saben ocupar los partidos políticos y termina jugando un papel que no le corresponde, lo que en buena medida explica por qué tenemos esa tendencia tan volátil en el análisis de nuestra realidad, cayendo siempre en la trampa de la coyuntura que no nos deja ver más allá del día a día.
Es preciso conformar un grupo serio capaz de resistir la distracción del escándalo diario para hacer propuesta seria que nos permita cambiar la estructura de nuestro sistema político y crear instituciones sólidas y competentes que puedan hacer que el Estado sea capaz de cumplir sus fines. De lo contrario, seguiremos quejumbrosos en una frustración inútil.