Rezando con las manos juntas, decenas de prisioneros en uniformes blancos hacen reverencias y agradecen a Dios que los hayan arrestado y enviado allí: a una prisión donde quien manda es Jesús.
Abierta hace una década por una organización evangélica llamada Prison Fellowship, el edificio en las afueras de Houston, Texas, alberga a 315 prisioneros próximos a cumplir su condena.
Encarcelados por asesinato, asalto y tráfico de todo tipo, los prisioneros intentan ser rehabilitados bajo un programa conocido como Innerchange Freedom Initiative (IFI), algo así como iniciativa para el cambio interno y la libertad.
«Lo encuentro muy reconfortante, es una bendición. Nunca esperé tanta ayuda», dice Frank Rodriguez, un prisionero de 61 años que está estudiando para convertirse en ministro protestante cuando salga en libertad.
«Hay amor en todas partes. Otros lugares en los que he estado son muy malos, muy corruptos, hay mucha actividad pandillera, mucha violencia… nada de eso pasa aquí», dice.
El prisionero Edward Pittman agrega: «Realmente cambió mi modo de pensar. Ahora sé que puedo hacerlo».
Los prisioneros son albergados en dormitorios colectivos donde cada uno tiene un pequeño cubículo. Durante 18 meses reciben guía espiritual y entrenamiento profesional.
Luego de su liberación, un tutor y miembros de la parroquia realizan un seguimiento de cada «graduado» durante seis meses.
Pittman fue transferido diez meses atrás y muestra con orgullo la colección de libros que le han dado y que incluye la Biblia, historias religiosas y un libro de ejercicios espirituales.
Desde el cuarto de meditación a la biblioteca, donde los prisioneros graban historias para mandar a casa en Navidad o las clases donde los prisioneros más educados enseñan a otros, la impresión es de armonía.
A partir de las nueve de la noche el silencio reina. Es el tiempo de lectura o de releer sus libros.
Bernard Veal, un «graduado» del programa dice: «No fui arrestado, fui rescatado».
Aclara que no se tiene que creer en Jesús para entrar a este centro de detención «paradisíaco». «Aquí vienen muchos hombres que no son salvados», dice James Everhardt, prisionero a cargo de la guía espiritual, quien agrega que, sin embargo, unos 28 prisioneros serán pronto bautizados.
En efecto, el programa ha sido criticado entre temores de que los prisioneros sean presionados para convertirse a la religión cristiana.
Pero el presidente de Prison Fellowship, Mark Earley, rechaza esas acusaciones. «El prisionero que llega a ese programa lo hace voluntariamente. Viene porque quiere entrar al programa, entiende que se basa en las enseñanza de Jesús».
«Los prisioneros en Estados Unidos tienen libertad de religión, así afortunadamente pueden elegir participar en programas como este», explica.
Para el IFI, el éxito del programa no está dado por el número de bautismos que realizan sino en la caída de la tasa de reincidencia.
De acuerdo a un estudio de la Universidad de Pensilvana, sólo un 18 por ciento de los graduados de los programas de IFI son arrestados nuevamente dos años después de ser liberados.
En los delincuentes con un perfil similar que no participan del programa el porcentaje aumenta a un 35 por ciento, siendo de más de un 50 por ciento en los convictos en general.
IFI ha abierto ocho prisiones en los últimos años, principalmente en el centro de Estados Unidos. En el estado de Iowa, donde el programa se financiaba con dinero público, los contribuyentes obligaron a que se cerrara, argumentando que iglesia y estado debían estar separados.
Earley defiende el programa diciendo: «Cada persona que va a la cárcel va siguiendo a alguien más. Y cuando salimos realmente vamos a seguir a alguien más. Aquí aprendemos a seguir a Jesús y ver a dónde nos lleva».
«Dios está levantando un nuevo liderazgo para nuestra sociedad, desde detrás de los muros de la prisión», opina.