Cuando recién electo ílvaro Colom dijo que él sería el presidente de los pobres, aquí fue el llanto y crujir de dientes, al grado de que se dijo que estaba traicionando el mandato constitucional que lo convertiría en presidente de todos los guatemaltecos. No hubo reacción similar, ni siquiera remotamente parecida, cuando Berger definió al suyo como un gobierno de los empresarios, porque el sistema da por sentado que todo funcione para acumular privilegios y beneficios a los mismos grupos que siempre los han recibido y lo anormal, inaudito e intolerable es que se diga, siquiera, que hay que pensar en resolver los problemas de los pobres.
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Desde hace muchos años, cuando se habla del tema de la pobreza en Guatemala, se dice que el mercado se tiene que encargar de resolver el problema y que la solución está en facilitar un clima propicio de negocios para crear empleos. La política del derrame, que no dio resultados ni siquiera en sociedades donde la población pobre es menos vulnerable que en estas latitudes, es la receta que se aconseja a fin de que el Estado no se meta a proponer soluciones a esos problemas.
En el actual período de apertura política hemos tenido dos gobernantes, antes de Colom, que en el discurso plantearon políticas que tendían a una opción preferencial para atender los problemas de la gente más pobre y abandonada del país. Cerezo y Portillo fueron quienes, desde su discurso de toma de posesión, plantearon la necesidad de reformas estructurales para orientar la política de inversión pública hacia el tema social. Fue en tiempos de Cerezo cuando se habló de la deuda social que nuestro país había acumulado durante años en los que no se hizo absolutamente nada para enfrentar esos problemas y luego Portillo planteó una visión renovadora en la que se proponía alejar el poder político de los círculos de poder económico.
Al final de cuentas, por variadas razones, todo quedó en discurso y la deuda social, que es una realidad indiscutible, siguió creciendo porque, repito, la tesis fue que el mercado tenía que encargarse de resolver los problemas económicos y que dejaría de haber pobres cuando los empresarios se sintieran cómodos para invertir más, para generar empleos que pudieran ayudar a quienes carecían de ingresos.
Nadie reparó en que no es sólo cuestión de empleo sino cuestión de desarrollo humano y en que el mismo es indispensable aún para que los empresarios puedan prosperar porque sin ese ingrediente ni hay aumento de productividad ni hay mercado para consumir la producción.
Hoy volvemos a escuchar que los pobres serán el eje y el centro del esfuerzo oficial. No puede ser mal visto que un gobierno trate de ocuparse de quienes tienen negadas las oportunidades para alcanzar su dignidad de seres humanos, pero luego de las experiencias previas, ojalá no vayamos a estar viviendo otra llamarada de tusa.
Lo más importante es que cualquier gobierno que quiera ocuparse del tema de la pobreza tiene que saber que enfrentará resistencias formidables y que cualquier desliz, cualquier error, le será facturado de manera terrible. Por ello, si realmente hay interés por cambiar la forma en que se gobierna a Guatemala, lo primero es vestirse de primera comunión para no dejar flancos que permitan el ataque inmisericorde de quienes están convencidos que nada debe cambiar y tienen el poder y los medios para defender sus posiciones.