Una misiva que agradezco


Del licenciado Luis Maldonado de la Cerda, presidente de la Asociación Cultural Vicente Laparra de la Cerda, recibí­ la conceptuosa misiva que a continuación me permito transcribir:

José Antonio Garcí­a Urrea

«Estimado Periodista: Siempre estamos pendientes de leer su acertada columna «Desde mi butaca», la cual aparece puntualmente en el Diario La Hora durante nuestras tranquilas tardes sabatinas.

El 6 de junio tuvimos la grata sorpresa de hallar su excelente y condensada crónica «Museo Músicos Invisibles», en la cual dio noticia de tan importante inauguración en el Centro Histórico de nuestra ciudad capital, la cual se llevó a cabo el jueves 28 de mayo.

En nombre del señor German Sandoval, director de este nuestro centro cultural, del directorio de la Fundación Cultural Lolita y de la Asociación Cultural Vicenta Laparra de la Cerda, me permito darle nuestras más expresivas gracias por la referida crónica pues, con ésta, ha quedado fiel testimonio de tan importante suceso histórico cultural y, al mismo tiempo, usted ha tenido la generosidad de hacer dicha publicación, contribuyendo a que mayor cantidad de gente sepa de nuestros afanes en pro de la cultura.

Gracias por tan grata y oportuna crónica y, como en otras oportunidades, le reitero nuestro respeto y admiración por su larga trayectoria en los campos del periodismo, las artes y la cultura, así­ como por su constante buen ejemplo, sabidurí­a y enseñanza y contribución, cuyas semillas deberán fructificar algún dí­a. Atentamente, Luis Maldonado de la Cerda, Presidente.»

En estos dí­as ya no alcanza el tiempo

Lo anterior suele escucharse a diario por numerosas personas, quienes tienen que levantarse muy de mañana para atender sus ocupaciones habituales.

Lo curioso es que el tiempo desde la formación de este planeta, pues como decí­an «los turcos» vendedores callejeros de cortes de casimir: «ni se astira, ni se ancoge». Aún a principios del siglo pasado, aquí­ en Guatemala, se acostumbraba a hacer los tres tiempos: acostarse temprano a dormir, levantarse de madrugada, desayunar bien por a»i por las seis y media, almorzar a las once y cenar a las seis. Habí­a tertulias familiares que no pasaban de las diez de la noche. Las calles se alumbraban con faroles de querosene.

Ya un poco más adelante se introdujo el teléfono de manivela, una novedad, después empezó la radiodifusión con la TGW que estaba en el Ministerio de Fomento, en donde está actualmente el parqueo del Instituto de Prevención Militar; las torres del inalámbrico se ubicaban en donde está el ingreso al teatro Miguel íngel Asturias Rosales, sobre la veinticuatro calle.

En la actualidad todo es al contrario. Desvelos por ver televisión, asistir a seminarios, conferencias, iglesias evangélicas, clubes nocturnos y tantas actividades nocturnas que achican la noche, pero el tiempo sigue siendo el mismo, ni se astira ni se ancoge.

Lo ideal serí­a remontar los tres tempranos pero a un nivel nacional, tal y como se implementó la jornada única. Quedan exentos los panaderos y todos aquellos que en las industrias tienen jornadas nocturnas.