Tengo el privilegio de estar haciendo prácticas en uno de los lugares más bellos del mundo. Mis mañanas han cambiado para siempre, el ajetreo del tráfico ha quedado atrás y despierto muy cerca de uno de los paisajes que le roban la respiración a cualquiera.
Por increíble que parezca, el departamento de Sololá presenta dos imágenes al mundo: la del lago de Atitlán, sus vistas, sus volcanes y perfectos atardeceres y la del segundo departamento con más altos índices de desnutrición de Guatemala. Parece imposible hacer casar ambas realidades para ser una misma. Muchos guatemaltecos estamos conscientes de qué es tener un plato lleno de comida, sabemos además identificar la sensación de hambre, saciarla y continuar trabajando como que nada pasara. De este lado del país convive ese “otro tipo” de guatemaltecos en los que la sensación de hambre es secundaria, es opacada por muchas otras cosas por hacer. El despertar de cada día es una oportunidad más de ser un aporte económico para la familia. El desayuno consiste en tortillas y frijoles, si es que alcanza para todos en casa. La escuela es algo secundario porque cuidar a los hermanos más pequeños es una prioridad. Lo que no sabemos es que muchas son las consecuencias a largo plazo de esta rutina de la mayoría de niños guatemaltecos. He tenido la oportunidad y experiencia de conocer a familias que viven en comunidades rurales marginadas y parecen ser esa parte del país que todos olvidan. El semblante de los pequeños en casa refleja preocupación y no sonrisas propias de la edad. Estos pequeños guatemaltecos no solo sufren de la inseguridad propia que la del resto de guatemaltecos sufrimos (aquella relacionada con robos, violencia, homicidios, etcétera) a la lista de estos pequeños se suma la llamada inseguridad alimentaria. Este término no es complejo de entender, la Organización de la Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO) coincide en que este tipo de seguridad existe cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico, social[] y económico a alimentos suficientes, seguros y nutritivos para cubrir sus necesidades nutricionales y las preferencias culturales para una vida sana y activa. Cuando este tipo de seguridad se ve afectada, caen como una fila de dominó problemas que la mayoría de veces resultan irreversibles. Muchos niños se estancan en el crecimiento y ese es el inicio únicamente. Se retrasan las funciones cognitivas para la edad y es bastante probable que estos niños resulten con problemas de obesidad e hipertensión y otras enfermedades crónicas en la vida adulta. Es importante hacer relación entre el problema de desnutrición y analfabetismo, ya que en la mayoría de casos ambos problemas conviven juntos. Cuando un niño con desnutrición que no ha desarrollado bien sus funciones cognitivas, no rinde en clase y es probable que deje el estudio y se dedique a trabajar. No es difícil imaginar esta situación, a un niño con el “estómago vacío” le resulta difícil prestar atención, captar un tema y ponerlo en práctica.
En cuanto al llamado retraso en el crecimiento es importante resaltar que es uno de los principales problemas que padecen los niños. Durante el año 2008, se llevó a cabo el censo de peso y talla en escolares de nuestro país, dejando un saldo de 45.6% de niños escolares con retardo en talla en el país. Lo más abrumante del problema resulta en que estos “niños bajitos” no tendrán la oportunidad de recuperar en totalidad la talla que perdieron en sus primeros dos años de vida. Muchos son los planes e intervenciones en contra de la desnutrición que resulta importante darles seguimiento ya que este problema afecta de manera dramática el futuro de nuestro país. La mejor inversión en un país es su capital humano, por lo que como guatemaltecos debemos darle voz a este problema para cambiar el futuro de nuestro país.