Una mancha más al tigre


Peor que si fuera una telenovela, cada dí­a nos depara nuevas sorpresas en el escándalo provocado por el aparentemente insaciable apetito sexual del Presidente de Paraguay, Fernando Lugo, y la forma en que fue regando hijos por toda su diócesis cuando fue nada más y nada menos que Obispo de la Iglesia Católica. De no haber ganado la presidencia de la República en su paí­s, el caso de Lugo hubiera sido como el de muchos otros que logran mantener en secreto sus violaciones al voto de castidad y por lo visto sus hijos ni siquiera a esa especial categorí­a de «sobrinos» hubieran llegado.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Y digo que lamentablemente es una mancha más al tigre porque se trata de un nuevo escándalo que hace terrible daño a la Iglesia Católica y que se suma a los que desde distintos lugares del mundo se han conocido con relación a abusos cometidos por sacerdotes con menores de edad, hombres y mujeres. No es, en absoluto, un problema nuevo ni de nuestros tiempos, porque se trata de una situación que tendrí­a que analizarse a la luz de la imposición que se hace a quienes abrazan la vocación sacerdotal cuando aún son literalmente niños que no tienen conciencia de la vida, para que la castidad les acompañe a lo largo de toda su existencia.

Yo recuerdo los comentarios que hací­a con alguna sorna mi abuelo respecto a nuestro muy cristiano y santo origen y decí­a que los marroquines de Chimaltenango y alrededores eran descendientes de Francisco Marroquí­n y los de Jalapa y el oriente de un hermano del Obispo que también era cura. Digo esto para reafirmar que no se trata de algo nuevo, que no es que los curas de hoy estén más inclinados al arroz con tunco que los de antaño, pero al menos aquí­ dieron su apellido a los «sobrinos», mientras que Lugo se desentendió de toda su prole e hizo falta una demanda y acusación pública para que se dignara darle el apellido a uno de sus varios retoños.

Siempre he pensado que es una carga muy pesada la que se le impone a los jóvenes que entran al seminario sin saber nada de la vida y que, al abrazar el sacerdocio, se ven obligados a tomar los votos de castidad que de una u otra manera tienen que entenderse como una mortificación contra natura. Según la misma Biblia, cuando Dios creó al hombre y a la mujer lo primero que les dijo fue crezcan y multiplí­quense y precisamente la reproducción es esencial a todas las especies, incluyendo por supuesto a los humanos, lo que hace absolutamente natural la unión del hombre y la mujer.

No estoy seguro si la supresión del celibato traerí­a una situación distinta porque hemos visto que el poder que se tiene sobre seres en los que se influye de manera directa por obra de la religión provoca abusos y excesos. Los predicadores evangelistas que adquieren notoriedad por la televisión no han estado inmunes a clavos similares a pesar de estar casados y son varios los casos en los que se ha sabido de enredos con personas del sexo opuesto y también del mismo sexo a pesar de que para ellos no priva el celibato.

Pero estoy seguro que deberá llegar el dí­a en que el tema sea discutido sin tanta pasión y con criterios objetivos para buscar el fortalecimiento de la Iglesia y, lo más importante, evitar escándalos que hacen tanto daño pero, sobre todo, impedir que se siga abusando de tanto niño o niña que no merecen el trauma para toda la vida.